Un Ritual lleno de Pasion y Amor

"Te reclamo como mi compañera. Te pertenezco. Te ofrezco mi vida. Te doy mi protección, mi fidelidad, mi corazón, mi alma y mi cuerpo. Tu vida, tu felicidad y tu bienestar serán lo más preciado y estarán por encima de todo siempre. Eres mi compañera, unida a mí para toda la eternidad y siempre bajo mi cuidado”



domingo, 29 de mayo de 2011

DESCENSO OSCURO/CAPITULO 1

CAPITULO 1

Vetas de relámpagos iluminaban las nubes, látigos danzantes de blanca energía iluminando el cielo de medianoche. La tierra retumbó y se retorció, inestable y titubeante mientras la criatura se abría camino a través del suelo hasta alcanzar el aire, ensuciando instantáneamente a cada criatura viviente que tocaba. Salió marchita y ennegrecida. El aire vibró con alarma. El vampiro se colocó sobre la tierra, girando la cabeza de un lado a otro, escuchando, esperando, su astuta mente corría, su podrido corazón latía con una mezcla de triunfo y miedo. Él era la presa, y sabía que el cazador no estaba muy lejos a su espalda, justo sobre su pista, dirigiéndose directamente al corazón de la trampa.
Traian Trigovise se abrió paso a través del suelo, siguiendo el hedor del no-muerto. Fue demasiado fácil, el rastro estaba demasiado bien marcado. Ningún vampiro sería tan obvio a menos que fuera uno muy reciente, y Traian tenía la certeza de que estaba tratando con uno fuerte y astuto. Él era un ancestral cazador Carpato, una especie casi inmortal, bendecida y maldita con la longevidad, con dones eternos y la necesidad de una compañera que lo completara. Era por encima de todo un predador, capaz de convertirse en la más detestable y malvada de todas las criaturas, el no-muerto. Era su enorme fuerza de voluntad y el deber hacia su raza lo que le mantenía a salvo de caer presa de los insidiosos susurros y la llamada del poder.
Cuando el túnel giró hacia arriba, hacia el cielo, Traian continuó hacia adelante, empujando más profundamente en el tierra, sintiéndola, escuchando el latido de su corazón y la energía de la tierra a su alrededor. Todo estaba en silencio, incluso los insectos, criaturas a menudo convocadas por la maldad. Examinó la superficie, estudiando una gran área, y descubrió tres puntos pálidos, evidencia de que más de un vampiro estaba cerca.
Encontró una telaraña de raíces, espesa y nudosa, rebosante de vida, que se extendía profundamente en la tierra. Susurró suavemente, respetuosamente, tocando la artería más larga y profunda, sintiendo su fuerza vital. Canturreó suavemente en la lengua ancestral, solicitando la entrada, sintiendo la respuesta moviéndose a través del grueso y viejo árbol. Las hojas se estremecieron cuando el árbol se extendió hacia la luna, abrazando la noche, como si se encogiera ante la presencia de seres impuros. Impartiendo secretos y conspirando para ayudar, el árbol extendió sus raices para permitir a Traian entrar en el intrincado sistema de protección y nutrición del gran tronco.
El cazador tuvo cuidado de no perturbar el suelo o el sistema de raíces cuando se abrió camino cuidadosamente a través del laberinto, empujando hacia la superficie lo bastante lejos como para explorar los alrededores desde dentro de la jaula de seguridad de las superpuestas raíces sobre la tierra. Cambió de forma cuando emergió, una sombra oculta entre las espesas ramas y hojas.
Durante un momento pudo ver solo a su presa, la figura alta y delgada de Gallent. Reconoció al vampiro como uno de los más antiguos enviado fuera por su principe varios siglos antes, como lo había sido él. El no-muerto se retorcía continuamente, olfateando el aire suspicazmente, lanzado miradas atentas a su alrededor. Golpeado sus largas uñas unas contra otras en un peculiar y repetitivo ritmo.
El viento golpeó a través de la arboleda, y las hojas crujieron y susurraron. Traian dejó que su mirada  vagara, examinando el área, buscando con su mente más que con su aguda visión. La brisa le trajo el eco de ese extraño ritmo, aproximándose por su derecha. Después por su izquierda. Dos más de los no-muertos esperaban para caer sobre él y despedazarle. Cambió de nuevo, flotando con la brisa a través de la maraña de raíces, elevándose como moléculas en la noche, permitiendo que un viento amigo le llevara más alto entre las hojas.
Nubes oscuras se arremolinaban en un caldero hirviente. Un relámpago veteó la oscura masa. Revoloteó allí con una pequeña sonrisa sin humor en su mente. La discreción era en realidad la mejor parte del valor en algunas circunstancias. Elegiría su propio campo de batalla. Entonces oyó el golpeteo de las uñas de nuevo. El sonido era cada vez más alto. Con cada golpe, gotas de agua caían de la nube. Gruesas gotas que nunca alcanzaban el suelo. Se agrupaban en medio del aire, formando una gran piscina brillante. Podía ver su reflejo claramente en la piscina. No las moléculas esparcidas, o una ilusión, sino el hombre real entre las hojas. Fue su única advertencia, y llegó justo un latido de corazón antes del ataque.
Captó movimiento por el rabillo del ojo e instantáneamente reaccionó, dando un salto mortal hacia el cielo, cambiando a su verdadera forma, agradeciendo las hojas que estorbaron la casi invisible red plateada impidiendo que se enredara sobre él. Lanzas se movieron en espiral a través del aire, junto con gruesos dardos impregnados con veneno de rana, y que lucían penachos rojos que se clavaban en la piel y ardían durante semanas. Los insectos nublaron los cielos, y todo el rato el golpeteo de uñas siguió implacablemente.
Traian se lanzó hacia la oscura figura que orquestaba la lucha, ignorando a los dos vampiros restantes. Gallent estaba dirigiendo la acción, un líder en el mal, como había sido un líder entre los Cárpatos. Traian se lanzó a través del cielo, con el puño ya golpeando, dirigiéndose hacia el pecho del vampiro.
Gallent resplandecía transparentemente. El puño pasó a través de su cuerpo inofensivamente incluso cuando el no-muerto devolvió el golpe con garras como navajas de afeitar afiladas. La mano vino por la izquierda de Traian, el veloz y seguro movimiento de un maestro. Las uñas como afilados cuchillos se introdujeron profundamente a través de carne y músculo, hasta llegar al hueso. Uno de los restantes vampiros se lanzó hacia la espalda de Traian, hundiendo sus dientes en la diana de su expuesto cuello.
Traian simplemente se evaporó, dejando una mancha de sangre en las estremecidas hojas y el olor del antiguo don que conducía a los vampiros a un frenesí de rabia y hambre. Viajó rápidamente a través de la noche. Las Montañas de los Cárpatos eran un laberinto, una red de cavernas, donde la rica y profunda tierra esperaba para darle la bienvenida. Estaba cerca de casa. Había estado en realidad viajando de vuelta a su tierra natal para ver a su príncipe pero se había desviado cuando se cruzó con los vampiros.
Su hombro latía y quemaba. Su cuello era un tormento feroz. Había cien lugares en su cuerpo que dolían a causa de las lanzas y los dardos. Encontró una apertura en el fresco interior de la montaña, se introdujo todavía más profundo, a través del laberinto de túneles, en el interior de la tierra. Flotó hacia abajo dentro de la cama de rica tierra y se tendió allí, sintiendo una sensación de paz y solaz en la riqueza de los bienvenidos minerales.

Austria

Las puertas del teatro se abrieron para permitir la salida a la elegante multitud. Emergieron riendo y hablando, una amalgama de gente feliz complacida por la actuación que habían presenciado. Un relámpago atravesó el cielo, un brillante y deslumbrador despliegue de naturaleza elemental. Durante un largo momento, la gente vestida con pieles y trajes de variados colores, quedó iluminada como captados por un reflector. El trueno estalló directamente sobre sus cabezas, y el suelo y los edificios temblaron bajo el asalto. La luz se marchitó, dejando la noche casi negra y a la multitud casi ciega. La muchedumbre se dividió en parejas o grupos, apresurándose hacia sus limusinas y coches, mientras los aparcacoches intentaban trabajar rápido antes de que la lluvia empezara a caer.
El Senador Thomas Goodvine permaneció bajo el arco de la entrada, inclinando la cabeza hacia su esposa para oírla por encima del zumbido de la muchedumbre, riendo ante sus suaves palabras, asintiendo en acuerdo. La empujó hacia su hombro para evitar que fuera empujada por la firme marea de gente que se apresuraba para evitar el mal tiempo.
Dos árboles formaban el único arco hacia el teatro, las ramas se entrelazaban sobre las cabezas formando una pequeña protección contra los elementos. Las hojas crujían y las ramas golpeaban unas contra otras con el empuje del viento. Las nubes se arremolinaban y deshilachaban, ondeando en la oscuridad, tejiendo amenazadores hijos que cruzaban la luna.
Otro estallido de un relámpago iluminó a dos hombres grandes esforzándose por avanzar contra la marea de los asistentes al teatro, aparentemente decididos a ganar resguardo en el edificio. La llamarada de luz se marchitó, dejando solo la oscura iluminación del arco y las farolas fluctuaron amenazadoramente. Thelma Goodvine  agarró la chaqueta de su marido para atraer su atención de nuevo hacia ella.
-¡Abajo!¡Agáchense! -Joie Sanders se lanzó sobre el senador y su esposa, con los brazos extendidos, tirándolos a ambos al suelo. En un solo movimiento se volvió a levantar sobre su rodilla delante de ellos, con un arma en su mano extendida. -¡Una arma, un arma, todo el mundo al suelo! -Gritó.
Y una llamarada roja explotó de dos revólveres directamente hacia la pareja que le habían designado proteger. Joie devolvió el fuego con su calma usual y su mortal puntería, observando al hombre empezó a rodar, casi con un movimiento lento, con el arma todavía disparando pero saltando en el aire.
La gente gritaba, corría en todas direcciones, caía al suelo, y se agachaba detrás de endebles coberturas. El segundo hombre armado agarró a una mujer con una larga piel y la arrastró delante de él como escudo. Joie estaba ya empujando al senador y su esposa en un esfuerzo por conseguir que se arrastraran hacia atrás dentro de la relativa seguridad del teatro. El segundo pistolero empujó a la mujer sollozante hacia adelante mientras disparaba hacia Joie, que se giró de nuevo para cubrir la retirada de sus protegidos.
Una bala cortó la carne de su hombro, quemando un camino de dolor y rociando sangre sobre los pantalones del senador. Joie gritó, pero mantuvo su objetivo, ignorando el revoltijo de su estómago. Su mundo se redujo a un hombre, un objetivo. Apretó el gatillo lentamente, precisamente, observando el feo y pequeño agujero  florecer en medio de la frente del hombre. Se vino a abajo como una piedra, llevándose a su rehén con él, cayendo en un amasijo de brazos y piernas.
Se hizo un pequeño silencio. Solo podía oírse el golpeteo de las ramas, un extraño e inquietante ritmo. Joie parpadeó, intentando aclarar su visión. Parecía estar mirando dentro de una gran piscina resplandeciente, mirando fijamente a un hombre de ojos fríos y con algo metálico brillando en la mano. Se elevó sobre la multitud, deslizándose hasta Joie antes de que ella pudiera apartarse del camino. Se retorció justo lo suficiente como para escapar de la letal hoja, dirigiendo la culata de su arma hacia arriba sobre la mandíbula del hombre, y después deslizándola hacia abajo sobre la mano del cuchillo. Él gritó, dejando caer la hoja que fue a deslizarse a lo largo de la acera. Su puño encontró la cara de Joie, lanzándola hacia atrás. El hombre la siguió hacia abajo, con la cara convertida en una máscara de odio.
Algo lo golpeó con fuerza en la parte de atrás de la cabeza, y Joie se encontró mirando fijamente a uno de sus hombres
-Gracias, John, creo que me ha destrozado cada hueso del cuerpo al caerseme encima.
Tomó su mano, permitiéndole que la ayudará a salir de debajo del enorme cuerpo. Joie pateó el arma de la mano flácida del primer hombre al que había disparado, incluso aunque la debilidad la agobiaba. Se sentó abruptamente cuando sus piernas se volvieron de goma.
-Pon al senador y la señora Goodvine a salvo, John. -Los aullidos de las sirenas estaban fluctuando dentro y fuera. -Que alguien ayude a esa pobre mujer a levantarse.
-Lo tenemos, Joie. -Le aseguró uno de los agentes. -Tenemos al conductor ¿Como de mala es tu herida? ¿Cuántos golpes recibiste? Dame tu arma.
Joie bajó la mirada hacia el arma en su mano y notó con sorpresa que estaba apuntando al atacante inconsciente.
-Gracias Robert. Creo que dejaré que John y tú manejéis las cosas durante un rato.
-¿Está bien? -Pudo oír la voz ansiosa del senador-¿Sanders?¿Está usted herida? No quiero dejarla simplemente aquí ¿A donde nos lleva?
Joie intentó levantar el brazo para indicar que estaba bien, pero su brazo parecía pesado y poco dispuesto a cooperar. Cerró los ojos y respiró profundamente. Solo necesitaba estar en alguna otra parte, solo durante un momento mientras los médicos la atendían. No era la primera vez que le habían disparado y dudaba que fuera la última. Tenía ciertos instintos que la habían llevado a la cima de su profesión. Y era una cima muy peligrosa.
Joie podía mezclarse. A algunos de los hombres les gustaba llamarla el camaleón. Podía parecer sorprendentemente hermosa, sencilla o simplemente pasable. Se podía mezclar con una muchedumbre dura, con los vagabundo, o con los ricos y glamorosos. Era un valioso don, y lo usaba de buena gana. La llamaban para los casos difíciles, esos donde la acción era inevitable. Pocos tenían su habilidad con cuchillos o armas, y ninguno podía desaparecer en una multitud de la forma en que ella podía.
Se sacó a sí misma de su cuerpo, observó la frenética escena a su alrededor con interés durante unos pocos minutos. Los otros asignados al senador y los agentes austriacos lo tenían todo bajo control.  La estaban colocando en el interior de una ambulancia y se empujó lejos de la escena. Más que otra cosa, detestaba los hospitales. Simplemente se marchó, volando libre. Quería estar fuera, bajo el cielo o bajo tierra en un mundo de belleza subterránea, no importaba, mientras no estuviera entre las paredes de un hospital.
Joie se sentía ingrávida, libre, deslizándose a través de las montañas que había estudiado tan cuidadosamente. Mientras volaba libre, planeaba una excursión a las cuevas con su hermano y su hermana tan pronto como el senador y su esposa estuvieran a salvo de vuelta a casa. Cruzó el espacio. Olió la lluvia. Sintió la fresca y húmeda llovizna de las montañas. Lejos, bajo ella, vio la entrada a una cueva, iluminada por un pequeño rayo de luna que se las había arreglado para atisbar a través de la espesa cobertura de nubes. Sonriendo, se dejó caer hacia abajo entrando en un mundo de cristal y hielo. Si estaba soñando o alucinando no importaba; todo lo que le importaba era estar escapando del dolor de sus heridas y el olor del hospital.
Traian, tendido en la tierra, miraba fijamente hacia arriba, al techo como el de una catedral. Su cuerpo estaba herido en tantos lugares, solo quería descanso. La belleza de la cueva era impresionante y alejaba su mente del dolor físico. Entonces volvió su cabeza y la vió. Estaba flotando justo sobre su cabeza a la izquierda. Una mujer con un gorro de pelo negro y grandes ojos. Estaba mirando hacia abajo, hacia él, completamente atónita.
-Estás herido. – Dijo. -Si fueras real, enviaría a los paramédicos.
-¿Que te hace pensar que no soy real?
-Que no estoy realmente aquí; estoy en un hospital a muchas millas de distancia. Ni siquiera sé donde es aquí.
-Pareces lo bastante real para mí.
-¿Qué demonios haces tendido en el barro en medio de una cueva? -Su suave risa ondeó a través de él. -¿No habrás confundido esto con una sauna, verdad?
Su corazón casi dejó de latir. Esa simple pregunta volvió su mundo del revés. Era consciente de cada cosa, la frialdad del interior, el azul del hielo, la dramática arquitectura formada miles de años antes. Era sobre todo consciente de que su pelo era de un rico castaño y sus ojos de un fresco gris. Su boca era amplia y curvada en las comisuras, y tenía arrugas de risa.
Estaba viendo en color. Después de cientos de años de una existencia yerma y gris, viviendo en un mundo sin color o emoción, allí estaba ella. La otra mitad de su alma. Mirando fijamente hacia él con ojos curiosos y una mueca divertida. Había sangre en su hombro, cardenales en su cara, y un desgarrón en la ropa que vestía.
-Pareces un poco demasiado bien vestida para una cueva. -Señaló él.
Ella se encogió de hombros, rió suave e invitadoramente.
-Si, bueno, a una dama le gusta tener su mejor aspecto cuando los grillos de la cueva vienen a llamar.
-Tú también estás herida.
-Un pequeño problema con unos compañeros desagradables. ¿Qué hay de ti? ¿Vas a menudo a nadar en  el barro con un agujero abierto en tu hombro? ¿Has oído hablar de la infección y la gangrena, verdad?
-Como bien podrás notar, una pequeña peripecia con un grupo de insípidos rufianes. Fui atípicamente lento.
-Tienes un acento increíblemente sexy. ¿Hace que las mujeres caigan rendidas ante el mero sonido de tu voz? -Era muy buena identificando la procedencia de la gente por sus acentos, pero el de él era diferente; había un giró rico en sus palabras. Para ser un sueño, este era uno divertido.
-No he notado tal fenómeno, pero estaré atento en el futuro.
-Bonita cueva, adoro las cuevas. Esta parece un maravilloso lugar para explorar.
-No creo que haya sido descubierta todavía. -Contestó él agradablemente. La paz rezumaba en su cuerpo. Su alma. La risa genuina encontró el camino hacia su corazón.
-¿En serio? ¿Simplemente tropezaste con ella en la oscuridad, verdad? Una forma interesante de explorar cuevas ¿Donde estoy? Me gustaría volver aquí.
Arqueó las cejas.
-¿Flotaste a través del aire a ciegas?
Ella le sonrió ampliamente.
-Lo hago a veces cuando no quiero estar donde estoy. Un mal hábito. -Su forma brilló débilmente y su sonrisa se marchitó. -Están haciéndome algo asqueroso, no puedo mantener la proyección.
El se sentó, soltó un gruñido cuando los dardos penetraron su piel ardiendo fieramente.
-No te vayas todavía.
-Lo siento.
Ella miró abajo hacia su brazo, volvió la mirada hacia él, con lágrimas bañando sus ojos.
-Están limpiando mi herida. Duele como el demonio.
Y entonces se fue. Así de rápido. Se desvaneció sin dejar rastro. Él sentado allí, solo en la oscuridad de la cueva, atónito ante como la vida podía cambiar en un parpadeo. Era real. Sus capacidades psíquicas eran fuertes. Había compartido con ella su espacio, compartido su mente, y el camino estaba impreso en su cerebro. No podía escapar de él.
Traian se tendió de espaldas de nuevo y ondeó su mano para cerrar la tierra sobre él, inmovilizando su corazón, su aliento, permitiendo que la canción de la tierra le enviara dentro del profundo y reparador sueño.

Aclaracion-Disclaimer

La Saga Serie Oscura, es propiedad de la talentosa Christine Feehan.
Este espacio esta creado con el único fin de hacer llegar los primeros capítulos de estas magnificas obras a todos ustedes que visitan el blog. Lamentablemente, en latinoamericano muchos de estos maravillosos ejemplares, no estan al alcance de todos.
Si tienes la posibilidad de conseguir estas historias en tu pais, apoya el trabajo de Christine y compra sus libros. Es la unica manera de que se continue con la publicacion de los mismos.
Gracias por su visita
Mary