Un Ritual lleno de Pasion y Amor

"Te reclamo como mi compañera. Te pertenezco. Te ofrezco mi vida. Te doy mi protección, mi fidelidad, mi corazón, mi alma y mi cuerpo. Tu vida, tu felicidad y tu bienestar serán lo más preciado y estarán por encima de todo siempre. Eres mi compañera, unida a mí para toda la eternidad y siempre bajo mi cuidado”



viernes, 6 de mayo de 2011

SUEÑO OSCURO/CAPITULO 1


Hoy en día

1

Las calles estaban sucias y olían a descomposición y decadencia. La lúgubre llovizna no tenía posibilidades de disipar el ofensivo olor. La basura se acumulaba en las entradas de ruinosos y derruidos edificios. Los harapientos refugios de cartón y estaño se apilaban en cada callejón, en todo lugar concebible, diminutos cubículos para cuerpos que no tenían ningún otro sido a donde ir. Las ratas corrían a toda prisa por los cubos de basura y las canaletas, trepando por sótanos y paredes. Falcon se movía a través de las sombras silenciosamente, invisible, consciente de la vida que bullían en los bajos fondos de la ciudad. Aquí era donde vivían los desechos de la humanidad, los vagabundos, los borrachos, los depredadores que se cebaban con los desamparados e incautos. Sabía que había ojos observándole mientras se abría paso a través de las calles, deslizándose de sombra en sombra. No podían divisar, su cuerpo fluido, camuflándose, parte de la noche.
Esta era una escena que había interpretado mil veces, en miles de lugares. Se estaba aburriendo de predecir la naturaleza humana.
Falcon regresaba a su tierra natal. Durante demasiados siglos había estado absolutamente solo. Había crecido en poder, había crecido en fuerza. Su bestia interior había crecido en fuerza y poder también, rugiendo para liberarse continuamente, exigiendo sangre. Exigía la muerte. Sólo una vez, durante un momento, exigía sentir. Quería volver a casa, sentir la tierra rezumar a través de sus poros, posar la mirada sobre el Príncipe de su gente y saber que había cumplido su palabra de honor. Saber que el sacrificio que realizado había contado para algo. Había oído rumores de una nueva esperanza para su gente. Falcon aceptaba que era demasiado tarde para él, pero quería saber, antes de que su vida terminara, que había esperanza para otros hombres, que su vida había contado para algo. Quería ver con sus propios ojos a la compañera del Príncipe, una mujer humana que había sido convertida con éxito. Había visto demasiada muerte, demasiada maldad. Antes de terminar con su existencia, necesitaba posar la vista sobre algo puro y bueno y ver la razón por la que había luchado durante tantos largos siglos.
Sus ojos brillaron con una extraña llama roja, reluciendo en la noche mientras se movía silenciosamente a través de las calles sucias. Falcon no estaba seguro de si resistiría hasta volver a su tierra natal, pero estaba decidido a intentarlo. Había esperado demasiado, estaba ya al borde de la locura. Faltaba poco, para que la oscuridad que ya se acercaba consumiera su alma. Podía sentir el peligro a cada paso que daba. No emanando de las sucias calles y sombríos edificios, sino de las profundidades de su propio cuerpo.
Oyó un ruido, como pasos suaves. Falcon continuó, rezando mientras lo hacía por la salvación de su propia alma. Estaba necesitado de alimento y en su momento más vulnerable. La bestia rugía con ansia, sus garras apenas enfundadas. Dentro de su boca los colmillos empezaron a alargarse con antelación. Ahora pondría cuidado en cazar entre los culpables, no queseaba sangre inocente si se encontraba finalmente incapaz de volver la espalda a la oscura llamada de su alma. El sonido le alertó de nuevo, estaba vez muchos pasos suaves, muchas voces susurrantes. Un conspiración infantil. Llegaron corriendo hasta él desde un viejo edificio de tres plantas, un enjambre de ellos, abalanzándose sobre él como una plaga de abejas. Pedían comida a gritos, dinero.
Los niños le rodearon, una media docena, de todos los tamaños, sus diminutas manos se deslizaron bajo su abrigo y escarbaron en sus bolsillos mientras le palmeaban, sus voces suplicaban e imploraban. Los más jóvenes. Niños. Su especie a penas podía mantener a sus hijos e hijas con vida más allá del primer año. Pocos lo conseguía, y aún así estos niños, tan preciosos como eran, no tenían nadie que los apreciara. Tres eran niñas con enormes ojos tristes. Vestían ropa desgarrada y harapienta y llevaban barro y suciedad en sus caritas magulladas. Podía oír el miedo bombeando en sus corazones mientras suplicaban comida, dinero, cualquier cosa. Todos esperaban golpes y gritos de él y ya estaban listos para esquivarle al primer signo de agresión.
Falcon palmeó una cabeza amablemente y murmuró una suave palabra de disculpa. Él no necesitaba la riqueza que había adquirido durante su larga vida. Este habría sido el lugar adecuado para emplearla, pero no llevaba nada encima. Dormía en la tierra y cazaba presas vivas. No tenía necesidad de dinero allá donde iba. Los niños parecían hablar todos a la vez, un asalto a sus oídos, cuando un silbido bajo los detuvo bruscamente. Hubo un instante de silencio. Se arremolinaron a su alrededor y simplemente se fundieron entre las sombras, en las fisuras de los edificios condenados y clausurados, como si nunca hubieran estado allí.
El silbido era muy bajo, muy suave, aunque él lo oía claramente a través de la lluvia y la oscuridad. Era llevado por el viendo directamente hasta sus oídos. Un sonido intrigante. El tono parecía sonar sólo para él. Una advertencia, quizás, para los niños, pero para él un tentación, una seducción a sus sentidos. Ese suave y pequeño silbido le atraía. Le intrigaba. Llamaba su atención como nada había hecho en los siglos pasados. Casi podía ver las notas danzando en el aire húmedo por la lluvia. El sonido se deslizó pasando su guardia y encontró el camino al interior de su cuerpo, como una flecha dirigida directa a su corazón.
Otro ruido se entrometió. Estaba vez fue el estruendo de botas. Sabía lo que se aproximaba, los gamberros de las calles. Los matones que se creían propietarios de la zona, y que todo el que se atrevía a pisar su territorio tenía que pagar un precio. Estudiaron el corte de su ropa, la hechura de su camisa de seda bajo la capa ricamente revestida, y tendieron su trampa tal como él había sabido que harían. Era siempre lo mismo. En todos los paises. Cada ciudad. Cada década. Siempre había bandas que se congregaban para extender la destrucción o deseando el derecho de tomar lo que no les pertenecía. Los incisivos en su boca una vez más empezaron a alargarse.
El corazón le latía más rápido de lo normal, un fenómeno que le intrigaba. Su corazón era siempre el mismo, firme como una roca. Lo controlaba casualmente, fácilmente, como controlaba cada aspecto de su cuerpo, pero la carrera de su corazón era ahora inusual, y toda diferencia era bienvenida. Estos hombres, que tomaban sus posiciones rodeándole, morirían entre sus manos esta noche. No escaparían del depredador último y su alma permanecería intacta a causa de dos cosas: ese suave silbido y su pulso acelerado.
Una extraña e informe figura emergió de un portal directamente a su espalda.
- Corra, señor. - La voz fue baja, ronca, la advertencia clara. La extraña y encorvada figura inmediatamente se fundió de nuevo en alguna grieta escondida.
Falcon dejó de caminar. Todo en él se quedó completamente, absolutamente inmóvil. No había visto en color en casi dos mil años, aun así ahora estaba mirando fijamente una pálida sombra de pintura roja desconchada en los restos de un edificio. Era imposible, no era real. Quizás estaba perdiendo la cabeza al igual que su alma. Nadie le había dicho que un síntoma de la pérdida del alma era el ver en color. Los no-muertos habrían hecho alarde de un hecho semejante. Dio un paso hacia el edificio donde el propietario de esa voz había desaparecido.
Demasiado tarde. Los ladrones se estaban extendiendo en un semicírculo holgado a su alrededor. Eran grandes, muchos de ellos portaban armas para intimidar. Vio el brillo de un cuchillo, de un tipo bastante manipulable. Querían asustarle y se preparaban para echar mano a su cartera. Había sido testigo de esta misma escena demasiadas veces para no saber lo que esperar. En otro momento habría sido una bestia arremolinándose a su alrededor, alimentándose de ellos hasta que la dolorosa hambre fuera apaciguada. Esta noche era diferente. Estaba casi desorientado. En vez de ver en tonos de gris, Falcon podía verlos en vívido color, camisetas azules y púrpuras, una de un naranja atroz.
Todo parecía más vívido. Su audición era incluso más aguda de lo normal. Las deslumbrantes gotas de lluvia eran hilos de brillante plata. Falcon inhaló la noche, tomando las fragancias, separando cada una de ellas hasta que encontró la que estaba buscando. Esa esquiva figura informe no era un hombre, sino una mujer. Y esa mujer ya había cambiado su vida para siempre.
Ahora los hombres se acercaban, el líder le estaba gritando.
- Tírame tu cartera.
No hubo fingimiento, ni preliminares. Iban a ir directamente al grano, al negocio del robo y el asesinato. Falcon alzó la cabeza lentamente hasta que se mirada feroz encontró la arrogante del líder. La sonrisa del hombre decayó, después murió. Podía ver al demonio que se alzaba, las llamas rojas que titilaban en las profundidades de los ojos de Falcon.
Sin previo aviso la informe figura se junto a Falcon, tratando de alcanzar su mano, atrayéndole.
- Corra, idiota, corra ahora mismo. - Tiraba de su mano, intentando arrastrarle hacia los oscuros edificios. Urgencia. Temor. El miedo era por él, por su seguridad. Su corazón dio un vuelco.
La voz era melódica, entonada para enredarse alrededor de su corazón. La necesidad golpeó su cuerpo, su alma. Profunda, dura, y urgente. Tronó a través de su riego sanguíneo con la fuerza de un tren de mercancías. No podía ver su cara o su cuerpo, no tenía ni idea de que aspecto tenía, o siquiera su edad, pero su alma clamaba por la de ella.
- Tú de nuevo. - El líder de la banda callejera volvió su atención lejos del desconocido y hacia la mujer. - ¡Te dije que te largaras! - Su voz era roca y llena de amenaza. Dio un paso amenazante hacia ella.
La última cosa que Falcon esperaba era que la mujer atacara.
- Corra. - Siseó ella de nuevo y se lanzó hacia el líder. Atacó por abajo y decidida, deslizó las piernas bajo él haciendo que el hombre cayera de espaldas. Le pateó con fuerza, utilizando la punta de su bota para quitarle el cuchillo. El hombre aulló de dolor cuando ella conectó con su muñeca, y el cuchillo salió disparado de su mano. Ella pateó el cuchillo de nuevo, enviándolo bamboleándose sobre la acera hasta la alcantarillas.
Entonces se fue, huyendo veloz por el oscuro callejón, fundiéndose entre las sombras. Sus pisadas eran ligeras, casi inaudibles incluso para el oído agudo de Falcon. No quería perderla de vista, pero el resto de los hombres estaban cercándole. El líder maldecía ruidosamente, jurando arrancar el corazón a la mujer, chillando a sus amigos que mataran al turista.
Falcon esperó silenciosamente a que se aproximaran, balanceando bates y tuberías hacia él desde varias dirección. Se movió con velocidad preternatural, su mano cogió una tubería, la arrancó de unas manos atónitas, y deliberadamente la dobló hasta formar un círculo. No llevo mucho esfuerzo por su parte y no más de un segundo. La colocó alrededor de la cabeza del que la había esgrimido como si fuera una gargantilla. Empujó al hombre con una fuerza casual, y le envió volando contra la pared de un edificio a unos diez pasos de distancia. El círculo de atacantes era ahora más cauteloso, temerosos de acercarse a él. Incluso el líder se había quedado en silencio, inmóvil, aferrando su mano herida.
Falcon estaba distraído, su mente ocupada en la misteriosa mujer que había arriesgado su vida para rescatarle. No tenía tiempo para una batalla, y su hambre mordía. La dejó encontrarle, consumirle, la bestia se alzó haciendo que una neblina roja invadiera su mente y las llamas brillaran ávidamente en las profundidades de sus ojos. Volvió la cabeza lentamente y sonrió, sintió golpes de brazos cuando agarró la primera presa. Era casi demasiado problema ondear la mano y exigir silencio, mantener al grupo bajo control. Sus corazones latían a un ritmo frenético,  palpitando tan ruidosamente que la amenaza de un ataque al corazón fue muy real, aún así no pudo encontrar suficiente piedad en su interior como para tomarse la molestia de escudar sus mentes.
Inclinó la cabeza y bebió profundamente. La ráfaga fue rápida y adictiva, la adrenalina de la sangre proporcionándole una especie de falsa euforia. Sintió que estaba en peligro, que la oscuridad le envolvía, al parecer no podía encontrar la disciplina necesaria para detenerse a sí mismo.
Fue un pequeño sonido lo que le alertó, y solo eso le indicó lo lejos que ya había llegado. Debería haber sentido la presencia de ella inmediatamente. Había vuelto por él, había vuelto para ayudarle. Miró hacia ella, sus ojos negros se movieron sobre esa cara ávidamente. Resplandeciendo con urgente necesidad. Llamas rojas titilando. La posesión estaba estampada allí.
- ¿Qué eres?
La suave voz de la mujer le trajo de vuelta a la realidad de lo que estaba haciendo. Ella jadeó con sorpresa. Estaba a pocos pies de él, mirándole con ojos grandes y misteriosos.
- ¿Qué eres? - Lo preguntó de nuevo, y esta vez la nota de miedo se registró profundamente en el corazón del hombre.
Falcon alzó la cabeza, un hilo de sangre se deslizaba hacia abajo por el cuello de su presa. Se vio a sí mismo a través de los ojos de ella. Colmillos, pelo revuelto, sólo llamas rojas en sus por otra parte vacíos ojos. Parecía una bestia, un monstruo. Extendió la mano, necesitando tocarla, reconfortarla, agradecerle el haberle detenido antes de que fuera demasiado tarde.
Sara Marten retrocedió, sacudiendo la cabeza, sus ojos fijos en la sangre que corría hacia abajo por el cuello de Nordov hasta manchar su absurdamente naranja camiseta. Después se dio la vuelta y corrió por su vida. Corrió como si el demonio la persiguiera. Y lo hacía. Lo sabía. El conocimiento estaba profundamente clavado en su alma. No era la primera vez que veía un monstruo semejante. Antes, se las había arreglado para eludir a la criatura, pero esta vez era muy diferente. Inexplicablemente se había sentido atraída por este. Había vuelto para asegurarse de que conseguía escapar de la banda nocturna. Necesitaba asegurarse de que estaba a salvo. Algo en su interior exigía que le salvara.
Sara corrió atravesando la oscura entrada del edificio abandonado de apartamentos. Las paredes se desmoronaban, el techo se había hundido. Conocía cada agujero, cada vía de escape. Los necesitaría todos. Esos ojos negros habían estado vacíos, faltos de todo sentimientos hasta que la... cosa... la había mirado. Reconocía la posesión cuando la veía. Deseo. Esos ojos habían vuelto a la vida. Ardiendo con una intensidad que Sara nunca antes había visto. Ardiendo como si la hubiera marcado para sí mismo. Como su presa.
Los niños estarían ahora a salvo, profundamente en los intestinos de las alcantarillas. Sara tenía que salvarse a sí misma si quería continuar asistiéndoles. Saltó sobre una pila de escombros y se agacho atravesando una estrecha abertura que conducía a un hueco de escaleras. Saltó los escalones de dos en dos, subiendo al siguiente piso. Había un agujero en la pared que le permitió tomar un atajo entre dos apartamentos, empujó una puerta rota y salió al balcón donde se cogió al saliente más bajo y se arrastró bajo él.
Sara trepó los escalones con la facilidad que daba la práctica. Había planeado un centenar de rutas de escape antes incluso de empezar a recorrer las calles, sabiendo que sería una parte esencial de su vida. Practicar cada ruta de huida, ahorrando segundos, un minuto, buscando atajos entre los edificios y callejones, Sara se había aprendido de memoria los pasadizos secretos de los bajos fondos. Ahora estaba sobre el tejado, huyendo veloz, sin ni siquiera detenerse antes de saltar sobre el techo del siguiente edificio. Se movió atravesándolo y rodeó una pila de escombros para saltar a un tercer tejado.
Aterrizó sobre sus pies, corriendo ya por las escaleras. No se molestó en bajar, sino que se deslizó por el pasamanos hasta el primer piso y se agachó rápidamente pasando a través de una ventana rota. Un hombre tirado sobre un sofá roto levantó la vista en medio de la neblina inducida por las drogas y la miró. Sara gesticuló con las manos mientras saltaba sobre las piernas extendidas del tipo. Se vio forzada a evitar dos cuerpos repantigados en el suelo. Pasando sobre ellos, salió por la puerta y atravesó a la carrera el vestíbulo hasta el apartamento de enfrente. La puerta colgaba de sus goznes. La atravesó rápidamente, evitando a los ocupantes mientras cruzaba el piso hasta la ventana.
Tuvo que aflojar el paso para pasar a través de unos cristales rotos. Los restos astillados le atraparon la ropa, así que luchó durante un momento, con el corazón martilleando y los pulmones clamando aire. Se vio obligada a utilizar unos preciosos segundos en liberar su chaqueta. Los cristales le atravesaron las manos, arrancando piel, pero se lanzó al aire libre y la llovizna. Tomó un profundo y tranquilizador aliento, permitiendo que la lluvia bañara su cara, limpiase las gotas de sudor de su piel.
De repente se quedó quieta, cada músculo tenso, congelado. Un terrible estremecimiento le bajó por la espina dorsal. Él estaba en movimiento. Rastreándola. Le sentía moverse, rápido e imparable. Ella no había dejado rastro a través de los edificios, fue rápida y cuidadosa, aún así él ni siquiera dudaba en los recodos del camino. La rastreaba infaliblemente. Ella lo sabía. De algún modo a pesar del terreno poco familiar, el complejo de edificios desmoronados, los pequeños agujeros y atajos, él estaba sobre su pista. Inquebrantable, sin estorbos, y absolutamente seguro de que la encontraría.
Sara saboreó el miedo en su boca. Siempre se las había arreglado para escapar. Esto no era distinto. Tenía cerebro, habilidad; conocía la zona y él no. Con una mueca se limpió la frente con la manga de la chaqueta, preguntándose de repente si podría él olerla en medio de la descomposición y la ruina. La idea era aterradora. Había visto lo que los de su clase podían hacer. Había visto los cuerpos rotos y drenados, blancos e inmóviles, vistiendo una máscara de horror.
Sara empujó lejos los recuerdos, decidida a no entregarse al miedo y el pánico. Eso sería el desastre. Se puso en camino de nuevo, moviéndose rápidamente, trabando duro y manteniendo sus pisadas ligeras, respirando suave y controladamente. Corrió rápido a través de un estrecho corredor entre dos edificios, dobló la esquina, y se deslizó a través de una grita en la verja. Su chaqueta era voluminosa, y le llevó unos segundos preciosos abrirse paso a través de la pequeña abertura. Su perseguidor era grande. Nunca sería capaz de pasar por ese espacio; tendría que rodear el complejo entero.
Llegó hasta la calle, corriendo ahora con largas zancadas, los brazos balanceándose, el corazón latiendo con fuerza, salvajemente. Dolía. No entendía por que debería sentir una pena semejante, pero allí estaba de todos modos.
Las estrechas y horrendas calles se ampliaron hasta que estuvo en las inmediaciones la sociedad normal. Todavía estaba en la parte más antigua de la ciudad. No redujo el paso, pero cortó a través de los aparcamientos, doblando por las tiendes y abriéndose paso infaliblemente hacia la parte alta de la ciudad. Los edificios modernos surgieron amenazadoramente grandes, alzándose en el cielo nocturno. Le ardían los pulmones, lo que la obligó a ralentizar la carrera. Ahora estaba a salvo. Las luces de la ciudad comenzaban a aparecer, brillantes y bienvenidas. No había tanto tráfico cuando se acercó a las zonas residenciales. Continuó corriendo todo el camino.
La terrible tensión estaba empezando a abandonar ahora su cuerpo; permitiéndole pensar, repasar los detalles de lo que había visto. No la cara de él; había estado entre las sombras. Todo en él había parecido sombrío y vago. Excepto sus ojos. Esos ojos negros llenos de llamas. Era muy peligroso, y la había mirado. Marcado. Deseándola de algún modo. Podía oír sus propios pasos marcando el ritmo de su acelerado corazón mientras se apresuraba a través de las calles, el miedo la golpeaba. De alguna parte llegó la impresión de una llamada, un descabellado anhelo, una dolorida promesa, turbulenta y primitiva que parecía marcar el frenético tamborileo de su corazón. Llegaba, no de fuera de ella sino más bien desde el interior; ni siquiera del interior de su cabeza sino de su alma misma.
Sara obligó a su cuerpo a continuar hacia adelante, moviéndose a través de las calles y aparcamientos, por los recodos y esquinas de barrios familiares hasta que alcanzó su propia casa. Era un pequeño bungalow, anidado tras el resto de las casas, rodeado de enormes arbusto y árboles que le daban una semblanza de privacidad en medio la populosa ciudad. Sara abrió la puerta con manos temblorosas y entró tambaleándose.
Dejó caer la chaqueta empapada en el suelo de la entrada. Había cosido varios cojines voluminosos en la chaqueta extragrande para que a cualquiera le fuera imposible decir que aspecto tenía. Llevaba el pelo apretado contra la cabeza, oculto bajo un sombrero informe. Arrojó las horquillas descuidadamente sobre el mostrador mientras se apresuraba a llegar hasta el baño. Temblaba incontrolablemente; sus piernas eran casi incapaces de sostenerla.
Se arrancó la ropa mojada y sudado y abrió el agua caliente a toda velocidad. Se sentó en la ducha, abrazándose a sí misma, intentando apartar los recuerdos que había bloqueado durante tantos años. Había sido una adolescente cuando encontró por primera vez al monstruo. Le había mirado, y él la había mirado a ella. Había sido ella la que atrajo al monstruo hasta su familia. Era responsable y nunca será capaz de absolverse del terrible peso de la culpa.
Sara podía sentir las lágrimas sobre su cara, mezclándose con el agua que se vertía sobre su cuerpo. Estaba mal acurrucarse en la ducha como una niña. Sabía que no hacía bien. Alguien tenía que enfrentar a los monstruos del mundo y hacer algo con respecto a ellos. Era un lujo sentarse y llorar, revolcarse en la autocompasión y el miedo. Debía a su familia más que eso, mucho más. Por entonces, se había escondido como la niña que era, escuchando los gritos, las súplicas, viendo la sangre rezumando bajo la puerta, y aún así no salió a enfrentar al monstruo. Se había escondido, apretando las manos sobre los oídos, pero nunca podría bloquear los sonidos. Podría oírlos por toda la eternidad.
Lentamente puso sus músculos bajo control, obligándolos a trabajar de nuevo, soportar su peso y ponerse reluctantemente en piel. Lavó el miedo de su cuerpo junto con el sudor de la carrera. Se sentía como si hubiera estado corriendo la mayor parte de su vida. Vivía en las sombras, conocía bien la oscuridad. Sara se lavó el espeso pelo, pasando los dedos entre los mechones en un intento de desenredarlos. El agua caliente la ayudó a sobreponerse a su debilidad. Esperó hasta que pudo respirar de nuevo antes de salir de la ducha y envolverse en una toalla gruesa.
Se miró a sí misma en el espejo. Era todo ojos. De un azul oscuro que era casi violeta como si dos vívidos pensamientos hubieran sido introducidos en su cara. Las manos le latían, y las miró con sorpresa. La piel estaba arrancada desde el dorso  hasta la muñeca; picaba. La vendó y caminó descalza hasta su habitación. Poniéndose encima unos pantalones y un top, se abrió paso hasta la cocina y se preparó una taza de te.
El viejo ritual permitió que una semblanza de paz se deslizara en su mundo de nuevo y lo enmendara todo. Estaba vida. Estaba respirando. Todavía había niños que la necesitaban desesperadamente y los planes que había trazado hacía largo tiempo. Estaba casi a punto, casi capaz de realizar su sueño. Había monstruos por todas partes, en cada país, cada ciudad, cada estrato social. Vivió entre los ricos, y había encontrado monstruos allí. Caminó entre los pobres, y allí estaban. Ahora lo sabía. Podía vivir con ese conocimiento, pero estaba decidida a salvar a cuantos pudiera.
Sara se pasó la mano por su espesa capa de pelo castaño, extendiendo las puntas, para que se secara. Con la taza en la mano, bajó de vuelta al diminuto porche, para sentarse en el balancín, un lujo sin el que no podía pasar. El sonido de la lluvia era reconfortante, la brisa sobre su cara bienvenida. Sorbió el té cuidadosamente, dejando que la quietud se sobrepusiera al terror latente, para volver a repasar cada uno de sus recuerdos, cerrando sólidamente las puertas a todos ellos uno por uno. Había aprendido que había algunas cosas que era mejor dejar a un lado, recuerdos que nunca había necesidad de volver a ver.
Miró ausentemente a la deslumbrante llovizna. Las gotas caían suavemente, melódicamente sobre las hojas de los arbustos y brillaban como plata en el aire nocturno. El sonido del agua tenía algo que siempre la había consolado. Adoraba el océano, los lagos, ríos, donde quiera que hubiera una gran cantidad de agua. La lluvia suavizaba los ruidos de las calles, reducía el estridente sonido del tráfico, creando la ilusión de estar lejos del corazón de la ciudad. Ilusiones como ésta la mantenían cuerda.
Sara suspiró y colocó la taza de té en la barandilla del porque, levantándose para pasear por sus pequeños confines. Esta noche no dormiría; sabía que se sentaría en su balancín, arropada con una manta, y observando como la noche se desvanecía hasta el amanecer. Su familia estaba demasiado cerca, a pesar del cuidadoso carpetazo a los recuerdos. Eran fantasmas que hechizaban su mundo. Les entregaría esta noche y después les permitiría desvanecerse.
Miró fijamente hacia la noche, hacia los sombras de los árboles. Las imágenes capturadas en esos espacios grises siempre la intrigaban. Cuando las sombras se fundían, ¿qué había allí? Miró fijamente hacia las sombras vacilantes y de repente se estremeció. Había alguien... no, algo en esas sombras, gris, como la oscuridad, vigilándola. Inmóvil. Completamente inmóvil. Entonces vio los ojos. No parpadeaban. Implacables. Negros con brillantes llamas rojas. Esos ojos estaban fijos en ella, marcándola.
Sara se dio la vuelta, saltando hacia la puerta, su corazón casi se detuvo. La cosa se movió increíblemente rápido, aterrizando sobre el porque antes de que pudiera siquiera tocar la puerta. La distancia que los separaba había sido de casi cuarenta pies, pero él fue tan rápido que se las arregló para sujetarla entre sus fuertes brazos. Sara sintió que el aliento la abandonaba cuando su cuerpo impactó contra el de él. Sin dudarlo, lanzó el puño a su garganta, tirando con fuerza mientras retrocedía para patearle la rótula. Sólo que no conectó. Su puño falló pasando inocuo junto a la cabeza de él, y la arrastró contra él, capturándole fácilmente las muñecas con una mano enorme. Olía salvaje, peligroso, y su cuerpo era tan duro como el tronco de un árbol.
Su atacante abrió la puerta de la casa de un empujón, su santuario y la arrastró a dentro, cerrando la puerta de una patada para evitar ser descubierto. Sara luchó salvajemente, pateando y retorciéndose, a pesar del hecho de que él la mantenía casi indefensa. Era más fuerte que nadie que hubiera encontrado nunca. Tenía el descorazonador presentimiento de que apenas era consciente de sus forcejeos. Estaba perdiendo las fuerzas rápidamente, su aliento comenzaba a flaquear. Era doloroso luchar con él; sentía el cuerpo golpeado y magullado. Él dejó escapar un ruido de impaciencia y simplemente la llevó hasta el suelo. Su cuerpo atrapó el de Sara bajo él, manteniéndola inmóvil con su enorme fueraza, lo que la dejó mirando hacia arriba a la cara de un demonio... o un ángel.


Aclaracion-Disclaimer

La Saga Serie Oscura, es propiedad de la talentosa Christine Feehan.
Este espacio esta creado con el único fin de hacer llegar los primeros capítulos de estas magnificas obras a todos ustedes que visitan el blog. Lamentablemente, en latinoamericano muchos de estos maravillosos ejemplares, no estan al alcance de todos.
Si tienes la posibilidad de conseguir estas historias en tu pais, apoya el trabajo de Christine y compra sus libros. Es la unica manera de que se continue con la publicacion de los mismos.
Gracias por su visita
Mary