Un Ritual lleno de Pasion y Amor

"Te reclamo como mi compañera. Te pertenezco. Te ofrezco mi vida. Te doy mi protección, mi fidelidad, mi corazón, mi alma y mi cuerpo. Tu vida, tu felicidad y tu bienestar serán lo más preciado y estarán por encima de todo siempre. Eres mi compañera, unida a mí para toda la eternidad y siempre bajo mi cuidado”



viernes, 22 de abril de 2011

ORO OSCURO/CAPITULO 1

Capítulo Uno


    —Joshua, ésta es una reunión de negocios muy importante— advirtió Alexandria Houton a su hermano menor mientras estacionaba su Volkswagen estropeado en el gran lote detrás del restaurante. Por un momento, apoyó la mano sobre el pelo rizado del niño, mirando sus ojos brillantes. Una ráfaga de amor la inundó instantáneamente, animándola y apartando a un lado sus miedos y frustraciones, y su boca se curvó en una sonrisa—. Creces tan rápido, Josh, que no sé por qué me repito. Pero ésta es mi única oportunidad de soñar con un puesto como este. Sabes que necesitamos este trabajo, ¿verdad?
    —Seguro, Alex. No te preocupes. Me quedaré por ahí atrás y jugaré con mi camión—. Él sonrió abiertamente a su hermana, su único pariente desde que la madre y el padre de ambos murieran en un accidente automovilístico antes de su segundo cumpleaños.
    —Siento que la niñera no pudiera ayudarnos. Ella estaba... hum, enferma.
    —Borracha, Alex— corrigió él solemnemente mientras recogía su mochila y su juguete.
   —¿Dónde oíste eso?— demandó ella, horrorizada de que un niño de seis años supiera lo que era estar borracho. Salió del coche y cuidadosamente alisó su único traje bueno. Le había costado el sueldo de un mes, pero Alexandria lo había considerado como una inversión necesaria. Se veía a menudo mucho más joven que sus veintitrés años y necesitaba desesperadamente la seriedad que un traje sofisticado y caro podría brindarle.
     Josh abrazó su juguete favorito, un raído camión con volquete Tonka.
    —Te oí decirle que se fuera a casa, que no era adecuada para cuidar de mí porque estaba borracha.
     Alexandria le había dicho específicamente al niño que fuera a su cuarto. En lugar de eso, el chiquillo había permanecido cerca para escuchar a escondidas. Él sabía que era una forma invaluable de adquirir la información que Alexandria consideraba apropiada sólo para adultos. A pesar de eso, Alexandria se encontró sonriendo ante su cara respingona y traviesa.
    —¿Orejas grandes, eh?
    Él pareció avergonzado.
    —Está bien, pequeño camarada. Hacemos mejor las cosas nosotros solos, ¿verdad?— dijo la joven con más confianza de la que sentía. Vivían en una ratonera, una pensión frecuentada principalmente por prostitutas, alcohólicos y drogadictos. Alexandria estaba aterrorizada por el futuro de Joshua. Todo dependía de esa reunión.
     Thomas Ivan, el genio creador del videojuego más vendido del momento, salvajemente imaginativo y que trataba de vampiros y demonios, buscaba un nuevo diseñador gráfico. Ivan había aparecido en la portada de casi todas las revistas importantes del mercado. Y había estado lo suficientemente intrigado con sus bocetos para solicitar una reunión. Alexandria sabía que era talentosa; ahora, si él no la juzgaba sólo por su aspecto tan juvenil... Estaba compitiendo con muchos de los diseñadores más experimentados.
     Alexandria sacó su delgado portafolio del coche y tomó la mano de Joshua.
     —Esto podría tardar un rato. Tienes tus bocadillos en tu mochila, ¿verdad?
     Él asintió con la cabeza, sus rizos sedosos oscilando de arriba abajo sobre su frente. Alexandria apretó el portafolio en su mano. Joshua lo era todo para ella, su única familia, la razón para pelear tan duro para mudarse a un barrio mejor, para tener un mejor nivel de vida. Joshua era un niño listo, sensible y compasivo. Alexandria creía que merecía todo lo bueno que la vida tenía para ofrecerle, y estaba decidida a proporcionárselo.
     Lo condujo a través de la parte trasera del restaurante, rodeada por una arboleda. Un camino conducía a los acantilados que miraban hacia el océano.
    —No te acerques a los acantilados, Joshua. Los bordes son peligrosos. Pueden desmoronarse justo bajo tus pies, o podrías resbalarte y caer.
     —Lo sé, ya me lo dijiste—. Hubo un indicio de exasperación en su voz—. Sé las reglas, Alex.
     —Henry está aquí esta noche. Él cuidará de ti—. Henry era un anciano sin hogar que conocía de su barrio y que a menudo pasaba la noche en la arboleda tras ese restaurante. Alexandria frecuentemente le había dado comida y dinero suelto y, lo más importante, respeto, y a cambio, Henry estaba siempre dispuesto a hacerle favores.
     Alexandria saludó con la mano al hombre delgado y encorvado que en ese momento caminaba cojeando hacia ellos.
     —Hola, Henry. Es tan amable de su parte hacer esto por mí.
     —Tuvo suerte de toparse conmigo en el mercado hoy más temprano. Iba a dormir bajo el puente esta noche—. Henry miró alrededor cuidadosamente, con sus ojos azules descoloridos—. Han estado sucediendo algunas cosas extrañas por los alrededores.
     —¿Algunas pandillas?— preguntó Alexandria ansiosamente. No quería a Joshua expuesto a los peligros o las presiones de ese tipo de vida.
     Henry negó con la cabeza.
     —Ni de lejos. Los polizontes no los dejarían entrar en este lugar, por eso duermo aquí. Ni siquiera me dejarían a mí quedarme si lo supieran.
     —Entonces, ¿qué cosas tan extrañas han estado ocurriendo por aquí?
     Joshua tiró de su falda.
     —Vas a retrasarte para tu reunión, Alex. Henry y yo estaremos bien— insistió, percibiendo su preocupación. Se ubicó bajo un dosel de árboles, sentándose con las piernas cruzadas en una roca al lado del débil camino que conducía hacia los acantilados.
     Con un crujir de rodillas, Henry se sentó a su lado.
     —Correcto. Vaya, Alex—. Él ondeó una mano nudosa—. Nosotros vamos a jugar con este buen camión, ¿verdad, chico?
     Alexandria se mordió el labio, repentinamente indecisa. ¿Estaría mal dejar a Joshua solamente con ese viejo agotado y con artritis para cuidar de él?
     —¡Alex!—. Como leyendo sus preocupaciones, Joshua la miró furiosamente, su virilidad claramente insultada.
     Alexandria suspiró. Josh era muy maduro para su edad, expuesto a la vida sórdida que los rodeaba. Desafortunadamente, también estaba en lo correcto: esa cita era importante. Después de todo, era por el futuro del niño.
     —Gracias, Henry. Tengo una deuda con usted. Necesito este trabajo—. Alexandria se inclinó para besar a Joshua—. Te amo, pequeño camarada. Cuídate.
     —Te amo, Alex— repitió él—. Cuídate.
     Las familiares palabras la reconfortaron mientras se hacía camino a través de los cipreses y alrededor de la cocina hacia los escalones que conducían a la terraza suspendida por encima de los acantilados. Ese restaurante era famoso por su vista de las olas que se estrellaban debajo. El viento tiró de su pelo, estirado hacia atrás en un moño, rociándolo con sal y gotitas de espuma de mar. Alexandria hizo una pausa en la puerta intrincadamente esculpida, hizo una respiración profunda, levantó la barbilla, y entró con un aire de confianza que su estómago revuelto desmentía.
     La música suave, las luces de las arañas de cristal, y una selva de bellas plantas daban la ilusión de dar un paso en otro mundo. El salón estaba dividido en pequeños rincones privados, su chimenea enorme y con su oscilante fuego dándole a cada espacio un aspecto cálido e íntimo.
     Alexandria dirigió al maitre una sonrisa.
     —Tengo una reunión con el señor Ivan. ¿Ha llegado?
     —Por aquí— dijo el hombre con una mirada aprobatoria.
     Thomas Ivan se atoró con su escocés mientras la hermosa Alexandria Houton se acercaba a su mesa. A menudo concertaba sus citas en ese acogedor restaurante, pero esa joven mujer era decididamente una mejora. Era de pequeña estatura, delgada, pero con curvas llenas y piernas fabulosas. Sus grandes ojos de color zafiro estaban bordeados de pestañas oscuras, su boca exuberante y sexy. El pelo dorado estaba retorcido en un moño severo que enfatizaba su estructura ósea clásica y sus pómulos altos. Varias cabezas empezaron a seguir su progreso. Ella no se mostró consciente del caos que creaba, pero el maitre parecía estar escoltando a la realeza. Había definitivamente algo especial en esa mujer.
     Thomas tosió para despejar su garganta y encontrar su voz. Se levantó, estrechó la mano que ella le tendía, y privadamente sintió la oculta satisfacción de su buena fortuna. Esa joven y bellísima criatura lo necesitaba. Unos buenos quince años mayor que ella, con dinero, influencias y fama, él podría afianzar o despedazar su carrera. Y tenía la intención de sacar provecho de cada deliciosa posibilidad de esa posición tan favorable.
     —Es agradable conocerlo, señor Ivan— dijo ella suavemente. Su voz melodiosa jugó sobre la piel del hombre como el toque de unos dedos sedosos.
     —Lo mismo digo—. Thomas sostuvo la mano femenina un momento más del necesario. La inocencia dulce en los ojos de ella hacía su natural atractivo sexual aún más provocativo. Él la deseaba ferozmente y se afirmó en su intención de tenerla.
     Alexandria conservó sus manos asidas juntas en el regazo, de manera que su temblor no dejara traslucir su nerviosismo. No podía creer que estaba realmente sentada frente a un hombre genial como Thomas Ivan. Más aún, siendo entrevistada para ocupar el puesto de la artista para su siguiente proyecto. Era la oportunidad de su vida. Cuando él guardó silencio, estudiándola fijamente, buscó algo educado y medianamente inteligente para decir.
     —Éste es un bello restaurante. ¿Viene aquí a menudo?
     Thomas sintió brincar su corazón. ¡Ella estaba interesada en él como hombre! ¿Por qué si no hacía la pregunta? Podía verse fría e intocable, incluso débilmente arrogante, pero pescaba información sobre su vida privada. Levantó una ceja y le dirigió su sonrisa cuidadosamente practicada, la que siempre quitaba la respiración.
     —Es mi restaurante favorito.
     A Alexandria no le gustó la mirada repentinamente presumida de sus ojos, pero sonrió de todos modos.
     —Traje algunos bocetos conmigo. Una muestra de ideas y dibujos del guión que sugirió para su siguiente juego. Veía tan claramente en mi mente lo que describía... Sé que ha estado trabajando con Don Michaels para NightHawks. Él es muy bueno, pero no creo que capture exactamente lo que usted visualiza. Veo más detalles, más poder—. Al amparo de la mesa, Alexandria retorció sus dedos entrelazados, pero trató de permanecer exteriormente serena.
     Thomas se sobresaltó. Ella estaba absolutamente en lo correcto. Michaels era un hombre conocido, con un gran ego haciendo juego, pero nunca había entendido completamente la visión de Thomas. Sin embargo, el obvio profesionalismo de Alexandria lo irritó. Se veía tan fría e intocable, y quería hablar de negocios. Las mujeres usualmente se arrojaban sobre él.
     Alexandria podía ver la irritación acumulándose en la cara de Thomas Ivan. Clavó las uñas en sus palmas. ¿Qué había hecho mal? Indudablemente, había sido demasiado directa: un hombre con su reputación probablemente prefería un acercamiento más femenino. Necesitaba ese trabajo; no podía empezar a enojarlo desde el principio. ¿Qué daño había en un ligero flirteo? Ivan era un soltero rico, bien parecido, exactamente el tipo de hombre por quien debería sentirse atraída. Suspiró interiormente. Nunca se había sentido honestamente atraída por nadie. Por un tiempo, lo había atribuido a los hombres insípidos de su barrio, a sus muchas responsabilidades con Joshua. Ahora, en secreto, pensaba que podría ser verdaderamente frígida. Pero podía fingir si tuviera que hacerlo.
     El siguiente comentario de Thomas Ivan probó su teoría.
     —No creo que debiéramos echar a perder nuestra cena con una conversación de negocios, ¿verdad?— dijo él, esbozando una sonrisa encantadora.
     Alexandria parpadeó para ahuyentar la imagen de una barracuda y le dirigió una sonrisa suave y coqueta, permitiendo que su boca se curvara. Iba a ser una noche larga.
     Había negado con la cabeza cuando él había llenado su vaso de vino y se había concentrado en su ensalada de gambas y la cháchara que parecía hacer felices a sus citas ocasionales. Ivan se inclinaba hacia ella, tocando frecuentemente su mano para enfatizar un punto.
     Logró escapar una vez para verificar que Joshua estuviera bien. Bajo el sol naufragante, encontró a Joshua y Henry jugando blackjack con un estropeado mazo de naipes.
     Henry le sonrió abiertamente, tomando con agradecimiento la comida que había logrado sacar de contrabando, e hizo gestos con las manos para alejarla.
     —Estamos bien, Alex. Vaya a obtener ese trabajo que tanto quiere— la instruyó.
     —¿Está enseñando a Josh a jugar a las cartas?— demandó con un fingido ceño severo. Ambos culpables rieron traviesamente, y fue todo lo que Alexandria pudo hacer para no abrazar a Joshua contra sí.
     —Henry dice que probablemente podría mantenerte yo a ti con esto de jugar, ya que siempre gano— le dijo Joshua orgullosamente—. Él dice además que nunca tendrías bastante para comprarme un buen perro alguna vez.
     Alexandria se mordió los labios para ocultar al mismo tiempo su diversión y su afecto abrumador.
     —Bien, hasta que no seas un jugador de apuestas hecho y derecho, me ocuparé de nuestro sustento. Así que mejor regreso adentro. Si ustedes, chicos, tienen frío, hay una manta en la cajuela—. Le tendió las llaves del coche a Joshua—. Cuida bien de esto. Si las pierdes, dormiremos al aire libre aquí con Henry.
     —¡Estupendo!— contestó Joshua, sus ojos azules bailando.
     —Muy estupendo. De hecho, congelante— advirtió Alexandria—. Ten cuidado. Seré tan rápida como pueda, pero este hombre no es muy cooperativo. Creo que piensa que podría anotar esta noche—. Ella hizo una mueca.
     Henry meneó un puño nudoso.
     —Si le da algún problema, envíelo en mi dirección.
    —Gracias, Henry. Ustedes, chicos, compórtense mientras trabajo—. Alexandria giró y comenzó a hacer el camino de vuelta hacia el restaurante.
     El viento tomaba velocidad, soplando el mar hacia la tierra, escupiendo espuma a través del aire. La niebla estaba levantándose, amortajando los árboles en blancas nubes melancólicas. Alexandria tembló, pasando sus manos arriba y abajo por sus brazos. No hacía realmente mucho frío, pero el aura de niebla y misterio era inquietante.
     Negó con la cabeza para disipar el presentimiento de maldad acechando detrás de cada árbol. Por alguna razón, tenía los nervios especialmente de punta esa noche. Lo atribuyó a la enormidad de esa entrevista. Tenía que obtener el trabajo.
     Regresó al restaurante serpenteando a través de la selva de arbustos plantados en macetas y las colgantes vides verdes.
      Ivan se puso rápidamente de pie mientras ella se sentaba, consciente de que era la envidia de los otros hombres en la estancia. Alexandria Houton tenía una magia especial que lo hacía pensar en noches calientes y pasión salvaje.
      Él rozó con los dedos el dorso de la mano femenina.
      —Tienes frío— dijo, su voz un poco ronca. Esa mujer lo hacía sentir como un colegial cometiendo vergonzosos errores, mientras permanecía esquiva, ligeramente arrogante, una sirena inalcanzable observándolo retorcerse.
     —Me desvié por un momento de mi camino de regreso del toilette, y la noche era tan bella que no pude resistir mirar el océano. Parece estar un poquito levantado—. Sus ojos parecieron sostener un millar de secretos, sus pestañas largas aprisionando cada emoción tras ellas. Thomas tragó saliva y apartó la mirada. Tenía que controlarse. Buscó profundo en su reserva de famoso encanto y empezó a contar historias caprichosas para divertirla y agradarla. Alexandria se esforzó por escuchar su conversación, pero era difícil concentrarse en sus anécdotas acerca de cómo había hecho su brillante carrera, sus muchas obligaciones sociales y la afanosa fila de mujeres persiguiéndolo constantemente por su dinero. Empezaba a ponerse progresivamente más inquieta, tanto, que sus manos comenzaron a temblar. Por un momento, sintió un escalofrío de terror, como si unos dedos helados se hubieran desplegado alrededor de su garganta. La ilusión fue tan real, que realmente levantó una mano hasta su cuello para comprobarlo.
     —Seguramente querrás una copita de vino. Es una excelente cosecha— insistió Thomas, levantando la botella y llamando su atención de regreso a él.
     —No, gracias, rara vez bebo—. Era la tercera vez que lo decía, y se resistió a preguntarle si tenía algún problema de audición. No iba a empañar su mente con alcohol cuando esa entrevista significaba tanto. Nunca bebía cuando conducía, y jamás con Joshua cerca. Su hermano había visto más que suficiente ebriedad en los vestíbulos y en las aceras fuera de la pensión.
     Alexandria le dirigió una sonrisa para sacar el aguijón a su negativa. A medida que el camarero quitaba los platos, con decisión trató de alcanzar su portafolios.
     Ivan suspiró audiblemente. Por lo general a esas alturas las mujeres actuaban sumisamente, pero Alexandria parecía inmune a su encanto, fuera de su alcance. A pesar de todo lo intrigaba, y tenía que poseerla. Sabía que ese trabajo era importante para ella, y usaría esa certeza si tuviera que hacerlo. Presentía que esa mujer tenía un fuego interior encerrado tras su sonrisa fácil y sus fríos ojos de color zafiro, y esperaba con ilusión disfrutar un poco de sexo caliente, húmedo y ardiente con ella.
     Pero en el momento en que Thomas vio sus bocetos, se olvidó de satisfacer su ego y su lujuria. Alexandria había captado las imágenes de su mente mejor de lo que sus propias palabras lo habían hecho. La excitación lo atrapó, y casi babeó sin control sobre sus excepcionales dibujos. Era exactamente lo que necesitaba para su nuevo juego. Era un concepto novedoso, aterrador y difícil, y barrería con facilidad a la competencia. Su acercamiento fresco e inventivo era precisamente lo que le hacía falta.
     —Son sólo bocetos rápidos— dijo Alexandria suavemente—, sin animación, pero espero que entienda la idea—. Olvidó que no tenía los mismos gustos de Thomas Ivan mientras contemplaba la forma apreciativa en que él miraba su trabajo.
     —Tienes algo parecido a un don para los detalles. Tanta imaginación… tanta técnica. Y, mirando esto, siento como si hubieras leído mi mente. Realmente captas el sentimiento de vuelo aquí— dijo él, señalando con el dedo. Quedó impresionado porque ella causara la sensación de encogerle el estómago sólo con sus ilustraciones. ¿Qué podría hacer entonces con su conjunto imponente de computadoras y programas de diseño?
     Thomas estudió una escena, sintiendo como si realmente estuviera ocurriendo. Era como si ella hubiera sacado una fotografía de un vampiro atrapado en una batalla brutal. Era tan real que resultaba atemorizante. Sus dibujos captaban el argumento de la historia y las imágenes de su mente tan perfectamente, tan completamente, que al instante creaba entre ellos la conexión que lo había estado eludiendo toda la noche.
     Repentinamente Alexandria percibió el ligero roce de los dedos de Thomas Ivan contra los de ella, consciente de la fuerza de sus brazos, la anchura de sus hombros, la angularidad elegante de sus rasgos. Su corazón saltó esperanzado. ¿Estaba realmente respondiendo a alguien físicamente? Era asombroso que tener en común una misma pasión pudiera generar eso. Observó con orgullo cómo el hombre admiraba abiertamente sus interpretaciones de las criaturas de su imaginación.
     Pero repentinamente un viento frío fluyó a través del restaurante, llevando consigo la sombra del mal. Se arrastró sobre la piel de Alexandria como gusanos a través de un cuerpo. La repulsión la atrapó, y ella se recostó en su silla, pálida y temblorosa. Miró alrededor con cuidado. Nadie más parecía advertir el aire de espesamiento, el hedor del mal. La risa y el murmullo bajo de las voces conversando la rodeaban. Esa normalidad debería haberla reconfortado, pero su inquietud sólo aumentó. Podía sentir las gotas de sudor en su frente, bajando por el valle entre sus pechos. Su corazón latía desbocado.
     Thomas Ivan estaba demasiado distraído, ocupado en sus bocetos, para advertir su desasosiego. Continuaba murmurando su aprobación, su cabeza gacha, sus ojos deleitándose en la riqueza de sus dibujos.
     Pero algo estaba mal. Terriblemente mal. Alexandria lo sabía; siempre lo sabía. Lo había sabido en el mismo momento que sus padres habían muerto. Lo sabía cuando tenía lugar un delito violento cerca. Sabía quién negociaba las drogas, cuándo alguien mentía; simplemente sabía esas cosas. Y en ese mismo momento, mientras los demás en el restaurante pasaban un agradable rato, comían y bebían y hablaban, ella sabía que el mal estaba cerca, algo tan maligno, que nunca habría concebido la existencia de tal ser.
     Sus ojos hicieron un recorrido lento y cuidadoso de la vasta estancia. Los clientes hablaban, comiendo imperturbables. Tres mujeres sentadas en la mesa más cercana estaban riéndose escandalosamente, brindando entre sí. La boca de Alexandria se quedó seca, su corazón martillando. Fue incapaz de moverse o hablar, congelada de terror. En la pared detrás de Thomas Ivan, una sombra oscura avanzó a rastras hacia adelante, comenzó a gravitar sobre el cuarto, una aparición abominable aparentemente no vista por nadie más, sus garras extendidas hacia ella, hacia las tres mujeres que conversaban con animación. Alexandria se quedó perfectamente quieta, oyendo un cuchicheo horrible en su cabeza, como el roce de las alas de un murciélago, emitiendo una orden insidiosa, zumbando insistentemente, poderosa.
     Ven a mí. Quédate conmigo. Déjame deleitarme en ti. Ven a mí.
     Las palabras palpitaron en ella hasta que algo como pedazos de vidrio roto parecieron perforar su cráneo. Las garras en la pared lejana se abrieron, se extendieron, la cautivaron.
     Una silla arrastrándose hacia su derecha rompió el hechizo. Alexandria parpadeó, y la sombra se desvaneció en el eco de una risa maníaca. Pudo moverse, voltear la cabeza hacia el sonido de dos sillas más arrastrándose hacia atrás. Vio a las tres mujeres levantarse al unísono, lanzar dinero encima de la mesa, y caminar en un repentino y extraño silencio hacia la entrada.
     Alexandria quiso gritar a las mujeres que regresaran. No tuvo idea de por qué, pero realmente abrió la boca para hacerlo. Su garganta se cerró, y luchó por aspirar algo de aire.
     —¡Alexandria!—. Thomas se levantó velozmente para ayudarla. Estaba cenicienta, con diminutas gotas de sudor humedeciendo su frente—. ¿Qué sucede?
     Ciegamente, ella trató de guardar de un empujón sus dibujos en el portafolio, pero sus manos temblaban, y los bocetos se derramaron a través de la mesa y cayeron al piso.
     —Lo siento, señor Ivan, debo irme—. Se puso de pie tan abruptamente, que casi lo hizo caer hacia atrás. Su mente se sentía torpe y espesa, como si algún aceite maligno se hubiera pegado a ella, y su estómago se revolvió.
     —Estás enferma, Alexandria. Déjame llevarte a casa—. Ivan trató de recoger los preciosos bocetos y sostenerla por el brazo al mismo tiempo.
     Alexandria sacudió con fuerza su brazo para liberarse, su único pensamiento el de llegar a Joshua inmediatamente. Lo que fuera esa cosa maligna, lo que fuera la criatura que acechaba en la noche, esas mujeres, Henry y Joshua estaban en grave peligro. Estaba afuera. Rondando. Podía sentir su presencia como una mancha oscura en su alma.
     Giró y corrió, sin importarle las miradas curiosas o el desconcierto de Thomas Ivan. Tropezó en las escaleras, atrapó la bastilla de su falda, y oyó el rasgón. El dolor y el terror la desgarraban. Su pecho se sentía como si hubiera estallado, su corazón roto y sangrante. Era tan real, que agarró firmemente su pecho y se quedó mirando sus manos, esperando ver sangre. No. La sangre de otra persona. Alguien estaba herido… o peor.
     Alexandria se mordió el labio inferior lo suficientemente fuerte como para lastimarse la piel. Ese dolor era real, y era sólo suyo. Le posibilitó concentrarse para continuar andando. Lo que fuere, la criatura que acechaba había encontrado una presa. Podía oler la sangre ahora, experimentar las vibraciones persistentes, la secuela de violencia. Rezaba que no fuera Joshua. Sollozando, se precipitó por el camino estrecho que serpenteaba alrededor del edificio. No podía perder a Joshua. ¿Por qué lo había dejado solo, simplemente con un anciano para cuidar de él?
     Entonces se volvió consciente de la niebla. Densa. Espesa, como la sopa. Pendía de los árboles como una extraña pared blanca. No podía ver a un pie de distancia por delante de ella. Incluso se sentía pesada, como si se estuviera abriendo paso entre arena movediza. Cuando trató de forzar aire en sus pulmones, encontró casi imposible hacerlo. Necesitaba gritar por Joshua, pero alguna intuición profunda la mantuvo silenciosa.
     Quienquiera que fuera el maniático, disfrutaba del dolor y el terror de otros. Ese era su clímax, su culminación. No podía permitirse satisfacer sus apetitos macabros.
     Andando a tientas cuidadosamente a través de los árboles, literalmente se tropezó con un cuerpo.
     —Oh, Dios mío— murmuró en voz alta, rezando que no fuera su hermano. Acercándose, se percató de que el cadáver era demasiado grande. Frío e inmóvil, yacía en un montón patético, lanzado hacia un lado como basura—. Henry—. La tristeza fluyó mientras asía su hombro para voltearlo.
     El horror aumentó cuando vio su pecho mutilado. El corazón del anciano estaba literalmente desgarrado, expuesto y quieto. Alexandria se tambaleó alejándose, se arrodilló y vomitó violentamente. Había heridas de garras en el cuello de Henry, heridas que sólo un animal podía hacer.
     La risa burlona llenó su mente. Alexandria se enjugó la boca con el dorso de la mano. Ese loco depravado no se apoderaría de Joshua. Decidida, avanzó instintivamente hacia los acantilados. Las olas se estrellaban ruidosamente contra rocas dentadas debajo y el viento lanzándose a través de los árboles le imposibilitaba oír nada.
     Sin vista o audición, Alexandria avanzó firmemente, cada instinto atrayéndola hacia el asesino demente. Tenía la impresión de que él sabía que ella se acercaba y que estaba esperándola. También estaba segura de que creía que la estaba controlando, ordenándole deliberadamente que fuera a él.
     A pesar del viento fuerte, la niebla permanecía pesada, pero ahora, a través del espesor, percibió el vislumbre de más horror. Tres mujeres vagamente familiares, las mujeres del restaurante, avanzaban poco a poco y con dificultad hacia los acantilados. Eran las que habían estado en la mesa a su derecha; habían salido poco antes que ella misma. Podía percibir que estaban en algún tipo de trance, con la mirada fija arrobadamente en la silueta del hombre al borde del acantilado.
     Era alto y delgado, pero daba la impresión de gran fuerza y poder. Su cara era hermosa, como la de un Adonis, su pelo largo hasta los hombros y ondulado. Cuando sonrió, sus dientes fueron muy blancos.
     Como un depredador. En el momento que el pensamiento entró en su cabeza, la ilusión de belleza se fue, y Alexandria vio la sangre en las manos de la criatura. En sus dientes y su barbilla.
     La sonrisa encantadora era una mueca cruel que dejaba expuestos sus atroces colmillos. Sus ojos, fijos en las tres mujeres, eran agujeros negros resplandeciendo con un rojo fiero en la oscuridad.
     Las mujeres sonreían tontamente, extendiendo las manos hacia él. Cuando se movieron más cerca, él levantó una mano y apuntó al suelo. Obedientemente, las tres cayeron sobre sus rodillas y gatearon sensualmente hacia adelante, contorsionándose y gimiendo, desgarrándose la ropa. La niebla ocultó el despliegue obsceno por un momento, y cuando se despejó otra vez, Alexandria pudo ver que una de las mujeres había alcanzado al hombre y serpenteaba alrededor de sus rodillas. La mujer se quitó de un tirón la blusa, dejando expuestos sus pechos, tocándose sugerentemente, frotándose contra el cuerpo del hombre, implorando y rogando que él la tomara, la usara. Una segunda mujer alcanzó el borde del acantilado y se pegó a la cintura del hombre, con la mirada fija hacia arriba provocativamente.
     Alexandria quiso volver la espalda al horror que estaba a punto de ocurrir con esos títeres humanos, pero divisó a Joshua caminando lentamente hacia el hombre. No parecía advertir a las mujeres. No miraba ni a derecha ni a izquierda, simplemente caminaba hacia adelante como en un estado de ensueño.
     Un trance. Un trance hipnótico. El corazón de Alexandria golpeó ruidosamente contra su pecho. En cierta forma, ese asesino había hipnotizado a las mujeres y a Joshua. Respondían a su llamada como ovejas sin juicio. Su cerebro trataba de analizar cómo habría logrado él hacer eso, al mismo tiempo que se apresuraba a interceptar a Joshua antes de que pudiera alcanzar al monstruo. Afortunadamente, Joshua se movía muy lentamente, casi como si estuviera siendo jalado a regañadientes hacia adelante.
     Aunque el velo grueso de niebla los distorsionaba, Alexandria sintió el impacto de esos ojos hostiles y sobrenaturales mientras la criatura inclinaba su cabeza hacia ella, su cuello ondulando como el de un reptil.
     Mientras él la examinaba a través del espesor de la niebla, aquellas alas de murciélago que había sentido antes golpearon contra su cráneo, y los pedazos de vidrio roto la estacaron repetidas veces. La voz suave y seductora murmuró insistentemente en su cabeza. Alexandria ignoró el dolor latiendo en su mente y enfocó su atención en alcanzar a Joshua. No le daría a ese monstruo la satisfacción de saber que estaba lastimándola.
     Su mano intentó coger la camisa de su hermano. Los pies del niño continuaron hacia adelante, pero ella plantó sus pies firmemente y lo sujetó a pesar de todo. Envolviendo sus brazos alrededor del niño, confrontó al monstruo, a no más de quince pies de distancia.
     Él estaba en el mismo borde del acantilado, sus títeres humanos adulándolo, ronroneando y mendigando su atención. Parecía no advertir a las mujeres, su ser entero concentrado en Alexandria. Le sonrió, dejando al descubierto sus colmillos.
     Alexandria tembló ante la vista de la sangre de Henry en sus labios y dientes. Ese loco había matado al simpático e inofensivo Henry.
     —Ven a mí—. Él tendió una mano hacia ella.
     Podía sentir su voz directamente a través de su cuerpo, tirando de ella para que ejecutara su orden. Parpadeó rápidamente para mantener la concentración en los regueros de sangre en sus manos y sus uñas como dagas. Mientras clavaba los ojos en las garras, la voz vaciló en su belleza y cobró una fealdad ruda y beligerante.
     —Creo que no. Déjenos en paz. Me llevaré a Joshua conmigo. Usted no puede tenerlo—. Habló con determinación, su columna vertebral tensándose, sus ojos azules resplandeciendo de desafío.
     Distraídamente, una de las manos de la criatura acarició obscenamente a la mujer que se frotaba en su cintura.
     —Únete a mí. Mira a estas mujeres. Me desean. Me adoran.
    —Continúe engañándose a sí mismo—. Ella trató de dar un paso atrás, pero Joshua se resistió a su esfuerzo. Alexandria apretó sus brazos para impedirle avanzar, pero cuando lo arrastró hacia atrás un paso, él comenzó a moverse agitadamente, obligándola a detenerse.
     El monstruo en el acantilado arqueó una ceja.
     —¿No me crees?—. Él fijó su atención en la mujer en su cintura—. Ven aquí, mi amor. Deseo que mueras por mí—. Él ondeó una mano tras de sí.
     Para horror de Alexandria, la mujer lamió su mano extendida, y, sonriendo tonta y servilmente, se arrastró más allá de él.
     —¡No!— gritó Alexandria, pero la mujer ya caía al vacío, hasta el agua ávida y las rocas dentadas debajo. Mientras se quedaba sin aliento, él levantó a la segunda mujer por el pelo, la besó de lleno en la boca y, doblándola hacia atrás, hundió sus dientes horrendos en su cuello.
     Los vívidos bocetos que Alexandria había bosquejado trabajando en las historias de Thomas Ivan saltaban a la vida ante sus ojos. La criatura se deleitó en la sangre rebosante de la garganta de la mujer, luego la echó a un lado, sobre el acantilado, como si no fuera más que una concha vacía que había encontrado en la playa. Deliberadamente, recorrió con su lengua gruesa y lasciva sus labios untados de sangre en un despliegue grotesco.
     Alexandria se encontró murmurando una oración, un cántico, una y otra vez, mientras contenía la respiración. Lo que fuera esa criatura, era peligrosa y demente más allá de la imaginación. Agarró más firmemente a Joshua y lo levantó en el aire.
     Él le dio una patada y peleó, emitió unos cuantos gruñidos y la mordió. Alexandria logró retroceder dos pies más antes de que se viera forzada a ponerlo en el suelo. Él permaneció quieto mientras ella no se moviera lejos de su objetivo.
     El monstruo levantó el cuello otra vez, se chupó los dedos y sonrió odiosamente.
     —¿Ves? Harán cualquier cosa por mí. Me adoran. ¿No lo haces tú, pequeña?—. Él elevó a la última mujer sobre sus pies. Instantáneamente, ella se enredó alrededor de él, frotándose sugerentemente, tocando y acariciando—. Sólo quieres complacerme, ¿verdad?
     La mujer comenzó a besarlo, pasando por su cuello, su pecho, moviéndose más y más abajo, sus manos a tientas sobre los pantalones masculinos. Él acarició su cuello.
     —¿Ves mi poder? Y tú eres la que ha de unirse a mí, compartir mi poder.
    —Esa mujer no lo adora— protestó Alexandria—. Ha usado la hipnosis para convertirla en un títere. No está en sus cabales. ¿Es eso lo que llama poder?— clavó tanto desprecio como pudo en su voz trémula.
     Un siseo bajo y mortífero escapó de la boca del monstruo, pero él continuó sonriéndole.
     —Quizá estás en lo correcto. Esta es inútil, ¿verdad?—. Siempre sonriendo, siempre con la mirada fija en los ojos de Alexandria, el hombre atrapó la cabeza de la mujer entre sus palmas y la retorció.
     El crujido fue audible, y pareció vibrar directamente a través del cuerpo de Alexandria. Temblaba tanto que sus dientes castañeteaban. Con una mano, el monstruo hizo balancear en el aire el cuerpo quebrado de la mujer, sobre el borde del acantilado. Ella pendió allí como una muñeca de trapo, su cuello en un ángulo peculiar, una mujer una vez bella ahora convertida en una concha vacía, sin vida. El monstruo la descartó sencillamente abriendo su mano y permitiendo que cayera al agua insaciable de abajo.
     —Ahora me tienes todo para ti— dijo él suavemente—. Ven a mí.
     Alexandria negó con la cabeza violentamente.
     —Yo no. No voy a ir a usted. Lo veo como es, no como hizo que esas pobres mujeres lo vieran.
    —Vendrás a mí, y por tu propia voluntad. Tú eres la única. He explorado el mundo en busca de una como tú. Debes venir a mí—. Su tono era suave, pero contenía un azote de advertencia, un siseo de orden.
     Alexandria trató de dar un paso hacia atrás, pero Joshua estalló en un frenesí gruñidor, pateando y mordiendo. Se detuvo otra vez e hizo más firme su abrazo para impedir que escapara.
     —Está enfermo. Necesita ayuda, un doctor o algo por el estilo. No puedo hacer nada por usted—. Trataba desesperadamente de buscar una escapatoria a esa pesadilla, rogando que alguien viniera. Un guarda de seguridad. Alguien.
     —No sabes lo que soy, ¿verdad?
     Alexandria sentía su mente casi entumecida de terror. Había pasado un tiempo considerable leyendo e investigando antiguas leyendas de vampiros para trabajar en sus bocetos para Thomas Ivan. Y ese monstruo era el epítome de esa criatura mítica, alimentándose de la sangre de otros, usando trances hipnóticos para ordenar a la humanidad indefensa que obedeciera sus malignas órdenes. Aspiró profundamente para calmarse, tratando de regresar al mundo real. Seguramente eran la niebla y el viento, la noche oscura, sin estrellas, y el choque extraño de las olas debajo lo que la hacía pensar lo que posiblemente no podía ser. Ése era un sociópata del siglo veintiuno, no algún personaje legendario de antaño. Debía mantenerse firme y no permitir al horror de la noche dar pábulo a su imaginación.
     —Creo que sé lo que piensa que es— dijo ella llanamente—, pero la verdad es que es simplemente un asesino cruel.
     Él se rió suave, malvadamente, como el roce de unas uñas sobre una pizarra. Ella realmente sintió los dedos helados a lo largo de su piel.
     —Eres como una niña escondiéndote de la verdad—. Él levantó una mano y llamó a Joshua, sus ojos encendidos concentrados en la cara del niño.
     Joshua luchó locamente, peleó y pateó, pegando mordiscos en los brazos de Alexandria en su esfuerzo para liberarse.
     —¡Déjelo en paz!—. Ella se concentró en sujetar a su hermano, pero él era lo suficientemente fuerte en su condición de trance para contonearse hasta quedar libre. Instantáneamente, él corrió hacia el monstruo en el acantilado, abrazó sus rodillas, y contempló con adoración al hombre.

Aclaracion-Disclaimer

La Saga Serie Oscura, es propiedad de la talentosa Christine Feehan.
Este espacio esta creado con el único fin de hacer llegar los primeros capítulos de estas magnificas obras a todos ustedes que visitan el blog. Lamentablemente, en latinoamericano muchos de estos maravillosos ejemplares, no estan al alcance de todos.
Si tienes la posibilidad de conseguir estas historias en tu pais, apoya el trabajo de Christine y compra sus libros. Es la unica manera de que se continue con la publicacion de los mismos.
Gracias por su visita
Mary