Un Ritual lleno de Pasion y Amor

"Te reclamo como mi compañera. Te pertenezco. Te ofrezco mi vida. Te doy mi protección, mi fidelidad, mi corazón, mi alma y mi cuerpo. Tu vida, tu felicidad y tu bienestar serán lo más preciado y estarán por encima de todo siempre. Eres mi compañera, unida a mí para toda la eternidad y siempre bajo mi cuidado”



viernes, 11 de noviembre de 2011

Predador Oscuro/Capitulo 1


CAPITULO 1

El humo quemó sus pulmones. Este se elevó a su alrededor en rugientes ondas, alimentadas por los numerosos fuegos en la selva  circundante. Había sido una larga, y reñida batalla, pero había terminado, y él lo había hecho. La mayor parte de la casa principal había desaparecido, pero ellos habían logrado salvar las casas de las personas que les servían. Pocas vidas se habían perdido, pero cada una fue lamentada - pero no por él. Miró fijamente las llamas con ojos huecos. No sintió nada. Él miró las caras de los muertos, los hombres honorables que habían servido bien a su familia, vio a sus viudas llorosas y a sus niños que gritaban y él no sintió - nada.
 Zacarías de La Cruz hizo una pausa, apenas un momento para examinar el campo de batalla. Donde antes la selva había sido exuberante, árboles que llegaban a las nubes, el hogar de la vida silvestre, ahora había llamas que llegaban hasta el cielo y  humo negro manchando el cielo. El olor de la sangre era abrumador; cuerpos muertos, destrozados que miraban fijamente con ojos ciegos el cielo oscuro. La visión no lo movió. Él examinó todo-como  a distancia-con una mirada despiadada.
No importaba donde, o en cual siglo, la escena era siempre la misma, y durante los largos y oscuros años, él había visto tantos campos de batalla que había perdido la  cuenta. Tanta muerte. Tanta brutalidad. Tanta matanza. Tanta destrucción. Y él estaba siempre justo en el medio de ella, un torbellino, un oscuro depredador, sin piedad, despiadado e implacable.
 La sangre y la muerte fueron selladas en sus mismos huesos. Él había ejecutado a tantos enemigos de su pueblo durante cientos de siglos, él no sabría como existir sin la caza - o la matanza. No había  otra forma de vida para él. Él era el depredador puro y había reconocido aquel hecho hacía mucho tiempo - como a cualquiera que se atreviera a  acercarse a él.
Él era un cazador Cárpato legendario, de una especie de gente casi extinta, viviendo en un mundo moderno, cumpliendo con las viejas maneras del honor y el deber. Su clase gobernó la noche, dormía durante el día y necesitaba sangre para sobrevivir. Casi inmortales, vivían largas existencias, solos, el color y emoción se descoloraban hasta que solamente el honor los mantenían en la trayectoria elegida buscando a la mujer que podría completarlos y restaurar el color y la emoción. Muchos se rindieron, matando mientras se alimentaban para -apenas sentir algo-convirtiéndose en el más vil, la criatura más peligrosa conocida – El Vampiro. Igual de brutal y violento como los no muertos, Zacarías De La Cruz era un amo cazándolos.
La sangre corría sin cesar de sus numerosas heridas, y el ácido venenoso lo quemaba hasta sus huesos, pero él sintió  que la calma se escabullía dentro de él, cuando se volteó y empezó a andar silenciosamente alejándose. Los fuegos rabiaron, pero sus hermanos podrían extinguirlos. La sangre ácida del ataque de vampiro empapaba la tierra que con un gemido, protestaba, pero otra vez, sus hermanos buscarían aquel veneno vil y lo erradicarían.
 Su viaje duro, brutal había terminado. Finalmente. Más de mil años viviendo en un mundo vacío, gris, él había logrado todo que se había propuesto hacer. Sus hermanos estaban a salvo. Cada uno de ellos tenía una mujer que los completaba. Eran felices y saludables, y él había eliminado la peor amenaza para ellos.  Para el momento en que sus enemigos se multiplicaran de nuevo, sus hermanos serían aún más fuertes. Ellos no necesitaban más su dirección o protección. El era libre.
¡Zacarías! Usted necesita curación. Y sangre.
Era una voz femenina. Solange, la compañera de Dominic, su mejor amigo, con su pura sangre real, cambió sus vidas para siempre. Él estaba condenado, era demasiado viejo, demasiado apegado a sus maneras, y oh, tan cansado de hacer siempre el tipo de cambios que se requerían para seguir viviendo en este siglo. Se había hecho anticuado como los guerreros medievales de hace tiempo. El sabor de la libertad era metálico, cobrizo, su sangre  fluyendo, la esencia misma de la vida.
"Zacarías, por favor." Hubo un temblor en su voz, que debería haberlo afectado, pero no lo hizo. No sentía como los demás podían. No se balanceaba entre la compasión, el amor o ternura. No tenía un lado más amable, más apacible. Él era un asesino. Y su tiempo había terminado.
La sangre de Solange era un regalo increíble para su gente; él reconoció eso incluso aunque él lo rechazara. Su consumición le dio a los Cárpatos la capacidad de caminar bajo el sol. Los Cárpatos eran vulnerables durante las horas de luz del día-especial él. Cuanto más  depredador,  más asesino, más la luz del sol era un enemigo. La mayor parte de su gente lo consideraba como el guerrero Cárpato que caminaba al borde de la oscuridad, y él sabía que era cierto. La sangre de Solange le había dado esa  última y definitiva razón para liberarlo de su oscura existencia.
Zacarías tomó otra bocanada de aire lleno de humo y siguió caminando, lejos de todos ellos sin mirar hacia atrás o reconocer la oferta de Solange.
Él oyó a sus hermanos que le llamaba alarmados, pero él siguió caminando, cogiendo el paso. La libertad estaba lejos y él tenía que llegar. Lo había sabido, cuando arranco el corazón del último de los vampiros atacantes que habían tratado de destruir a su familia, que sólo había un lugar al que quería ir. No tenía sentido, pero eso no importaba. Él iba.
"Zacarías, detente".
Alzó la vista cuando sus hermanos cayeron del cielo, formando una pared sólida frente a él. Los cuatro. Riordan, el más joven. Manolito, Nicolás y Rafael. Eran hombres buenos y casi podía sentir su amor por ellos, -tan difícil de alcanzar- tan fuera de su alcance. Le cerraron el paso, bloqueando su objetivo, y nada, ni nadie- jamás - le permitió meterse entre él y lo que quería. Un gruñido retumbó en su pecho. El suelo se estremeció bajo sus pies. Ellos intercambiaron una mirada inquieta, el temor brillando en sus ojos.
Esa mirada de miedo tan intenso de su propio hermano debería haberlo detenido, pero no sentía nada. Él les había enseñado a estos cuatro hombres las destrezas de la lucha, sus habilidades de supervivencia. Había luchado junto a ellos durante siglos. Los había cuidado. Guiado. Una vez incluso tuvo recuerdos de su amor por ellos. Ahora que él podía hacer caso omiso de su responsabilidad- no quedaba nada. Ni siquiera los recuerdos borrosos para sostenerlo. No podía recordar el amor o la risa. Sólo la muerte y el asesinato.
"Muévanse". Una palabra. Una orden. Él esperaba que ellos obedecieran como todos lo obedecían. Había adquirido riqueza inimaginable en sus largos años de vida y en los últimos siglos no hubo una vez que tuviera que comprar su camino dentro o fuera de algo. Una palabra suya bastaba y el mundo temblaba y se apartaba de sus deseos.
A regañadientes, demasiado lento para su gusto, se separaron para permitir que pasara.
"No hagas esto, Zacarías", dijo Nicolás. "No te vayas".
"Por lo menos sana tus heridas", añadió Rafael.
"Y aliméntate," presionó Manolito. "Tienes que alimentarte".
Él se dio la vuelta y ellos perdieron terreno, el miedo deslizándose en sus los ojos y sabía que tenía razón para tener miedo. Los siglos lo habían convertido  en un violento y afilado depredador-una brutal máquina de matar. Había pocos que lo igualaran en el mundo. Y caminaba al borde de la locura.
Sus hermanos eran grandes cazadores, pero para matarlo requerirían de considerables habilidades y ninguna duda. Todos ellos tenían compañeras. Tenían emociones. Amaban. Él no sentía nada y tenía la ventaja.
Él ya se  había despedido, había dejado su mundo, desde el momento que les dio la espalda y se había permitido la libertad de dejar de lado sus responsabilidades. Sin embargo, sus caras talladas con líneas profundas de dolor lo detuvieron por un momento.
 ¿Cómo sería sentir el dolor tan profundamente? ¿Sentir amor? Sentir. En los viejos días, él habría tocado sus mentes y habría compartido con ellos, pero ya que ellos tenían compañeras, él no se atrevió a correr el riesgo de corromper a uno de ellos con la oscuridad en él. Su alma no estaba todavía en pedazos. Él había matado demasiado a menudo, se distanció de todo lo que le era querido para proteger mejor a aquellos a quien amaba. ¿Cuándo alcanzó el punto de que ya no podía con seguridad tocar sus mentes y compartir sus memorias? Había sido hace tanto tiempo que ya no lo podía recordar.
"Zacarías, no hagas esto", declaró Riordan, el rostro contraído con el mismo dolor profundo que había en cada una de las caras de sus hermanos.
Habían sido su responsabilidad durante demasiado tiempo, y él no podía irse sin darles algo. Se quedó allí un momento, por completo solo, la cabeza erguida, los ojos ardientes, el pelo largo y suelto a su alrededor mientras que la sangre goteaba constantemente por el pecho y sus muslos. "Les doy mi palabra de que no tendrán que darme caza. "
Era todo lo que tenía para ellos. Su palabra de que no se volvería vampiro. Poder descansar era lo que estaba buscando, el descanso final a su manera. Se dio la vuelta alejándose de ellos-de la comprensión y alivio en sus rostros, y una vez más comenzó su viaje. Tenía que alejarse si quería llegar a su destino antes del amanecer.
"Zacarías", llamó Nicolás. ¿A dónde vas?
La pregunta le dio que pensar. ¿Dónde iba? La compulsión era fuerte, una imposible de ignorar. En realidad aminoró el paso.
¿Dónde iba? ¿Por qué la necesidad era tan fuerte en él, cuando no sentía nada? Pero había algo, una fuerza oscura que lo conducía.
"Su su- casa." Susurró la palabra. Su voz arrastrada por el viento, con ese tono bajo que resonaba en la tierra bajo sus pies. "Voy a casa".
"Esta es tu casa", dijo Nicolás con firmeza. "Si buscas descansar, nosotros respetaremos su decisión, pero aquí con nosotros. Con su familia. Esta es su casa ", reiteró.
Zacarías negó con la cabeza. Era conducido a salir de Brasil. Tenía que estar en otro lugar y tenía que irse ahora, mientras todavía había tiempo. Ojos tan rojos como el fuego, el alma negra como el humo, el cambió llegando de forma de una gran águila arpía.
¿Usted va a las montañas de los Cárpatos? Nicolás exigió a través de su vínculo telepático. Voy a viajar con usted.
No. Voy a casa a donde pertenezco-solo. Tengo que hacer esto solo.
Nicolás le envió calor, lo envolvió en el. Kolasz que arwa-arvoval-a muere con honor. Había tristeza en su voz, en su corazón, pero Zacarías, aunque lo reconoció, no pudo hacerse eco de la sensación, ni siquiera un pequeño matiz.
Rafael habló en voz baja en su mente. Arwa-arvo olen isäntä, Ekam-que el honor te mantenga, mi hermano.
Kulkesz arwa-arvoval, Ekam camina con honor, mi hermano, Manolito añadió.
Arwa-arvo olen gæidnod susu, Ekam-que el honor te guíe a casa, mi hermano, dijo Riordan.
Había pasado mucho tiempo desde que había oído hablar en la lengua nativa de su pueblo. Hablaban las lenguas y dialectos de donde quiera que fueran. Habían tomado nombres, se había mudado de país a país, incluso apellidos, cuando los Cárpatos nunca tenían  nombres como esos. Su mundo había cambiado tanto con el tiempo. Siglos de  transformación, siempre adaptándose para encajar, y sin embargo nunca nada cambiaba cuando su mundo era todo acerca de la muerte. Por fin él se iba a casa.
Esa simple declaración significaba todo y nada. No había tenido una casa en más de mil años. Era uno de los más antiguos, sin duda uno de los más mortíferos. Los hombres como él no tenía casa. Pocos le darían la bienvenida en su hoguera, y mucho menos en su hogar. Entonces, ¿cuál casa? ¿Por qué había utilizado esa palabra?
Su familia se había establecido en ranchos en los países que patrullaban a lo largo de la Amazonia y de los otros ríos que lo alimentan. Su rango se extendía y cubría miles de kilómetros, por lo que era difícil de patrullar, pero habían establecido una relación con varias familias humanas,  diversas casas siempre estaban preparadas para su llegada. Él iba a una de tales casas sin  tener que cubrir largas millas antes del amanecer.
Su rancho peruano estaba situado en el borde de la selva tropical, a pocos kilómetros de distancia de donde los ríos forman una Y y se vertían en el Amazonas. Incluso esa zona fue cambiando poco a poco en los últimos años. Su familia había aparecido en la zona con los españoles, con nombres arreglados, indiferentes de la forma en que sonaban, poco le importaba a los Cárpatos como eran llamados por los demás, sin saber que pasaría siglos en la zona - Que se harían más familiar para ellos que su tierra natal.
Zacarías miró hacia el dosel de la selva, mientras volaba. Esto, también, estaba desapareciendo, un avance lento y constante que no entendía.
Había muchas cosas acerca de los tiempos modernos que no entendía-y realmente-, ¿qué importaba? Ya no era su mundo o su problema.
La compulsión que lo conducía lo desconcertó más que las respuestas de los ambientes en desaparición. Poco despertaba su curiosidad, sin embargo, esta abrumadora compulsión de volver a un lugar en el que había estado un par de veces era inquietante en algún nivel. Debido a que la compulsión era una necesidad y él no tenía necesidades. Era abrumadora y a él nada lo abrumaba.
Las pequeñas gotitas de sangre cayeron en las nubes húmedas que emergían alrededor, y sobre los árboles dispersos que sobrepasan el dosel en sí. Bajo, él podía sentir el miedo de los animales a su paso. Debajo de él una banda de Douroucoulis, muy pequeños monos nocturnos, saltaban y realizaban asombrosas acrobacias en las capas  medias de las ramas cuando paso por encima. Algunos se alimentaban de fruta  e insectos mientras otros vigilaban a los depredadores. Normalmente darían un grito de alarma tan pronto como el águila arpía fuera descubierta, sin embargo, al pasar sobre la familia de los monos había un completo y misterioso silencio.
Él sabía que no era la amenaza de vuelo de la gran ave en lo alto lo que hizo que el bosque estuviera tan tranquilo. El águila arpía se quedaba en las ramas, a menudo por largas horas por vez esperando la comida correcta. Alcanzaría una gran altura y rápida súbitamente bajaría a una velocidad impactante y arrebataría una pereza o un mono de los árboles, pero él, en general, no cazaba en vuelo. Los mamíferos se ocultaron, pero las serpientes levantaron sus cabezas a su paso. Los centenares de arañas del tamaño de un plato llano se arrastraron a lo largo de las ramas, emigrando en la dirección que él volaba. Los insectos se levantaron por millares a su paso.
Zacarías había utilizado los signos que marcaban  la oscuridad en él. Incluso cuando era un joven en los Cárpatos, había sido diferente. Su capacidad de lucha era natural, criada en él, casi impresa antes de nacer, sus rápidos reflejos, su cerebro que  trabajaba rápidamente. Él tenía la capacidad para evaluar una situación con la velocidad del rayo y llegar a un plan de batalla al instante. Mataba sin vacilar, incluso en sus primeros días, y sus ilusiones eran prácticamente imposibles de detectar.
La oscuridad era profunda, una sombra en su alma; mucho antes de que hubiera perdido sus emociones y el color y estos, los había perdido mucho antes que otros tantos de su edad. Él cuestionaba todo. Y a todo el mundo. Pero su lealtad a su príncipe y a su pueblo era inquebrantable lo que le había ganado el odio de su mejor amigo.
Voló con alas fuertes y rápidas a través de la noche, haciendo caso omiso de las heridas y de su necesidad de sangre. Al cruzar la frontera se dejó caer más bajo en la canopia, sintió el tirón de la compulsión  crecer. Necesitaba estar en su rancho del Perú. Simplemente lo necesitaba. El bosque se extendía bajo él, una oscura maraña de árboles y flores, el aire pesado con la humedad. Musgos y lianas colgaban como largas barbas sueltas, llegando casi al acuoso fondo de los arroyos y cañadas. Helechos enredados competían por el espacio, arrastrándose sobre largas raíces expuestas en el oscuro suelo debajo de él.
El águila arpía se dejó caer a través de ramas cubiertas de flores, lianas y todo tipo de insectos escondidos en la maraña de la vegetación. Lejos, debajo de él escucho el suave llamado de una rana de árbol llamando a un compañero y luego una más gruesa,   muchos más sonidos chirriantes se sumaron al coro. Un trino casi electrónico se unió a la sinfonía cuando miles de voces diferentes se elevaron en un crescendo yendo abruptamente a un silencio poco natural, escalofriante cuando el depredador se acercó, y luego de pasar por encima.
El cielo oscuro de la noche giro a un suave color gris paloma cuando el alba entró sin ser sentido, escabulléndose el reinado poderoso de la noche. El águila arpía se dejó caer en el pabellón bajando en espiral en el claro donde la casa de rancho estaba situada. Con su visión aguda él podría ver al río correr como una cinta gruesa que  dividía la tierra. Cuestas apacibles cedieron el paso crestas empinadas, barrancos profundos que cortan por el bosque. Árboles y vegetación serpenteaban a través del rocoso suelo, un enredo oscuro crecía determinado a reclamar lo que había sido tomado.
Limpias vallas  dividían las cuestas y mientras el pájaro volaba sobre los barrancos y los valles, cientos de ganado se veían como puntos en las praderas. A medida que la sombra del ave pasaba sobre ellos, levantaban la cabeza con agitación, temblando, golpeándose entre sí mientras se movían hacia atrás y hacia delante tratando de encontrar el peligro que olían.
El águila voló sobre varios campos, y al menos un acre de jardines, todo bien atendido como Zacarías había llegado a esperar de la extensa familia que le servía. Todo estaba limpio y su conservación era meticulosa, todas las tareas hechas con su mejor habilidad. Pastos y campos dieron paso a los grandes corrales donde los caballos se volteaban y levantaban la cabeza con inquietud mientras volaba sobre ellos. Debajo de él, el rancho se presentaba ante él como una imagen perfecta que no podía apreciar.
Cuando se acercaba a la cuadra, una oleada de calor se deslizó a través de sus venas. En el interior del cuerpo del ave, en la que no debería haber sentido nada en absoluto, su corazón dio un tartamudeo desconocido. El extraño aleteo casi lo noquea en el cielo. Naturalmente cauteloso, Zacarías no se fiaba de lo que no entendía. ¿Qué podría enviar el calor que se precipitaba por sus venas? Estaba cansado de la larga batalla, el largo vuelo, y la pérdida de sangre. El hambre palpitaba con cada latido de su corazón, agarrando y rastrillando por la supremacía. El dolor de las heridas que no se había molestado en sanar, rasgaba en él como un martillo neumático siempre presente, perforando a través de sus huesos.
Semanas antes había estado tan cerca de convertirse en vampiro, el deseo de aliviar el vacío era tan fuerte en él, la negrura de su alma sin el menor alivio, que su reacción ahora no tenía ningún sentido. Él estaba en peores condiciones. Hambriento de sangre. Más muertes  manchaban su alma. Sin embargo, aún había una reacción extraña alrededor de su corazón,  el calor pulsando a través de sus venas de anticipación. ¿Un truco entonces? ¿Un atractivo señuelo de un vampiro? ¿Que estaba faltando?
El águila arpía poco a poco dobló sus dos metros de envergadura, sus garras tan grandes como las garras de un oso pardo se clavaron profundamente en el techo del establo, mientras que las plumas en la parte superior de su cabeza, formaron una gran cresta. El gran depredador estaba completamente inmóvil, los ojos afilados se movían sobre el terreno a continuación. Tenía una asombrosa visión dentro del cuerpo de la arpía y su audición se enfocaba aún más por la concentración de las ondas de sonido hecho por las plumas más pequeñas que conforman su disco facial.
Los caballos en el corral a poca distancia reaccionaron a su presencia, sacudiendo las cabezas, moviéndose sin cesar y agrupándose juntos con fuerza. Varios relincharon en señal de peligro. Una mujer salió del establo debajo de él, un gran caballo tras ella. Inmediatamente su mirada se fijó en ella. Tenía el cabello largo hasta la cintura, recogido en una trenza que era tan gruesa como su muñeca. La cuerda larga de pelo atrajo su mirada. Cuando ella se movía, los hilos tejidos brillaban como seda hilada.
Zacarías veía en colores vagos de gris y embotado blanco durante siglos. Su trenza era fascinante porque era un verdadero negro. Él estaba casi hipnotizado por el largo, pelo negro, los hilos que brillaban incluso sin el sol. En algún sitio, alrededor de lo que sería  su vientre, su estómago dio una lenta voltereta. En un mundo donde todo era lo mismo y nada lo movía, la pequeña sensación ascendió como una bomba. Por un momento él perdió su respiración, sacudido por el fenómeno extraño.
El caballo que seguía a la mujer no usaba ninguna silla de montar o freno y una vez que emergió del edificio, comenzó a bailar con  inquietud agitado, sacudía la cabeza, rodaba sus ojos mientras que  circundó a la mujer. Los caballos eran de Paso peruanos criados en línea pura, una casta reconocida no sólo por sus pasos naturales, sino por el temperamento también. La mujer echó un vistazo hacia los caballos que corrían en círculos en corral-era inusual que estuvieran nerviosos-y después levantó una mano para calmar a la mitad de los caballos que se alzaban cerca de ella. Ella puso su mano en su cuello y miraba al águila arpía sentada todavía tan tranquila en la azotea.
Esos ojos color chocolate oscuro penetraron derecho a través de las plumas y los huesos del águila, directamente a Zacarías. Sintió el impacto como una flecha en su corazón. Margarita. Incluso desde la distancia pudo ver las cicatrices en el cuello, donde el vampiro le había arrancado sus cuerdas vocales, porque ella se negó a delatar el lugar de descanso de Zacarías a los no-muertos. Ella una vez había sido una joven despreocupada, o él la había imaginado así, pero ahora, alguien la estaba utilizando para atraparlo.
Todo tenía sentido ahora. La obligación de venir a este lugar, a pensar en él como en casa. ¿Estaba poseída por un vampiro? Sólo un maestro puede tejer y mantener un hechizo juntos, sólo un maestro como sus viejos enemigos, los hermanos Malinov. Los cinco hermanos se habían criado con él. Habían luchado juntos lado a lado durante casi 500 años. Sus amigos habían elegido ser vampiros, renunciaron a sus almas en su sed de poder. Ellos habían elegido reunir a los no-muertos en una conspiración contra el príncipe y el pueblo de los Cárpatos.
Dominic había descubierto el último complot y se quedó para ayudar a defender las propiedades de los De La Cruz en Brasil. Sabiendo que los vampiros probaban su plan de ataque en el rancho antes de golpear al príncipe, Zacarías había estado esperando por ellos. Ningún vampiro se había escapado con vida. No había ninguno que volviera para contar a los Malinov que su plan había fracasado.
Zacarías sabía de la ira de los Malinov y su odio amargo e implacable contra él y sus hermanos. Sí, muy bien podría ser el rembolso por la derrota del ejército Malinov, pero ¿cómo han llegado hasta aquí, antes que él? No tenía sentido, tampoco.
El águila arpía sacudió su cabeza como si se librara de pensamientos perturbadores. No, era imposible para ellos que consiguieran reunir otro ataque tan pronto. En cualquier caso, los caballos apenas toleraban su presencia, ellos nunca permitirían al mal tocarlos y Margarita acariciaba el poderoso cuello.
 No había ninguna posesión.
 Zacarías se preguntó por la extraña sensación en su pecho. Casi alivio. Él no quería tener que matarla, no cuando ella casi había sacrificado su vida por él una vez. Aún era incapaz de sentir,  cualquier emoción en absoluto. ¿Por qué tenía esta agitación extraordinaria en su cuerpo y mente por volver a este lugar? Nada de esto tenía sentido. Dobló su vigilancia, no confiaba en lo desconocido.
El calor se filtraba en el cerebro del ave, la impresión tranquilizadora de un saludo amistoso. El águila arpía reaccionó, ladeo su  cabeza a un lado, su ojos fijos en la mujer. Zacarías sintió al pájaro llegar a ella. Ella fue sutil en su tacto, tan ligero que apenas existía, pero que ejercía un regalo poderoso. Incluso el gran depredador de la selva cayó bajo su hechizo. Sintió que su propia mente y  cuerpo reaccionó y se relajó, la tensión deslizándose lejos. Había llegado más allá del  ave y encontró su parte más animal, a su naturaleza salvaje.
Asustado, se echó hacia atrás, retirando más el cuerpo del águila, al tiempo que miraba de cerca y se volvió su atención en calmar a los caballos. No tardó mucho en calmarlos a tal punto que se quedaron en silencio, pero no dejó de ver al águila, consciente de que había un depredador peor enterrado profundamente dentro del ave.
Margarita rodeó el cuello del caballo y saltó. Fue un movimiento fácil, experto, que parecía fluir a través del aire, todo gracia mientras se deslizaba en el lomo del animal. Inmediatamente el caballo se encabritó, más estaba seguro, debido a su presencia que a que la chica estuviera a horcajadas sobre él.
El aliento de Zacarías quedo atrapado en su garganta. Su corazón se aceleró como  un tambor, otro estruendoso fenómeno peculiar. La gran águila extendió sus alas casi antes de que Zacarías diera la orden. El movimiento era más instintivo que pensado, una necesidad inmediata de llevar a la mujer a la seguridad. Margarita se inclinó sobre el cuello del caballo en una orden silenciosa y el caballo y el jinete fluyeron sobre la tierra en perfecta armonía.
Una vez satisfecho que ella no estaba en el peligro, Zacarías dobló sus alas y miró, sus garras se clavaron más profundo en el techo mientras el caballo saltó sobre una valla y apretó el paso. Ella se mantenía sentada con la espalda recta, el andar elegante del animal, un armónico y rítmico repiqueteo, era tan suave que no afectaba su centro de gravedad, donde Margarita permanecía casi inmóvil.
 Cautivado, Zacarías tocó la mente del caballo. Ella controlaba el animal aunque ella no lo sabía. El caballo la aceptaba, la quería – disfrutando la fusión de sus dos espíritus. Margarita tejió su hechizo sobre el animal sin esfuerzo, sujetándolo a ella con su don-una conexión profunda con la criatura. Ella no parecía darse cuenta de que tenía algo especial;  simplemente disfrutaba de la madrugada y del paseo a caballo por igual.
Entonces, esta era la razón de la agitación extraña en su mente y cuerpo. Su regalo. Ella tocaba todas las cosas salvajes, y él era tan indomable como era posible.
 No había ninguna amenaza de los no muertos, sólo esta joven con su inocencia y luz. Ella debe haber enviado al Caballo de Paso otra orden, porque el animal cambió el paso a un movimiento lleno de gracia, fluido, rotando sus patas delanteras desde hombro hacia el exterior  mientras daba grandes zancadas hacia delante. La cabeza del caballo levantada con orgullo, su melena al vuelo, sus ojos brillantes y la exuberancia en su cada uno de sus movimientos.
 Fue un momento perfecto - el momento perfecto para poner fin a su vida. Ella era - hermosa. Libre. Fluyendo sobre la tierra como agua fresca. Todo por lo que había luchado -todo lo que él nunca había sido. El águila arpía extendió sus alas y se movió en espiral en lo alto, mirando caballo y al jinete mientras ellos cubrían el terreno  increíblemente rápido.
Toda su vida, incluso cuando los soldados luchaban a caballo, aún en su juventud,  hubo algo demasiado depredador en él, para que un caballo le permitiera montar en su lomo. En aquel tiempo él había intentado todo, excepto el control mental - para poderlos montar, pero ningún caballo podía soportarlo. Ellos se estremecían temblando bajo él, incluso cuando trataba de calmarlos.
 Margarita saltaba sin esfuerzo sobre vallas, sin brida o silla, el caballo y la jinete  exudando alegría. Él los siguió mientras el par se precipitaba sobre el terreno desigual, el paso liso del caballo los hacía ver como si flotaban. Margarita alzó ambos brazos al aire mientras saltaban limpiamente una valla, aferrándose al caballo con sus rodillas y dirigiéndolo con su mente.
El Caballo de Paso cambió su paso suavemente mientras ellos corrían a través del campo y él dio vuelta en un amplio círculo otra vez. Margarita dio al águila un amistoso saludo y otra vez, llenó de calor y alegría a Zacarías. Él le había dado su sangre - pero nunca había tomado la suya. Se le hizo la boca agua.
 Sus dientes llenaron su boca y el hambre explotó en él, irradiando  necesidad en cada célula. Él posó al pájaro bruscamente y se dirigió detrás del establo. Rechazó tomar cualquier riesgo con su autocontrol.
Sentirlo antes de que estuviera demasiado cerca de abandonar lo poco que queda de su alma. Él cumpliría la palabra dada a sus hermanos. Ningún Cárpatos tendrá que arriesgar su vida para perseguir a Zacarías de la Cruz. Él eligió su destino, y optó por salvar su honor. Se iba en la madrugada, la cabeza en alto, dando la bienvenida a su muerte. Su última visión sería la de la mujer-viéndola de regreso, a lo que era Margarita de joven con la luz derramándose desde su interior mientras ella fluía sobre terreno en el lomo de un hermoso caballo. Tomaría la visión de ella haciendo lo mismo de su sueños de infancia montando a caballo como uno solo hacia su muerte.
El águila arpía aterrizó con gracia en el suelo junto al establo. Haciendo caso omiso de los caballos aterrorizados en el corral unido a la estructura, cambió de vuelta a su forma humana. Él era un hombre grande, todo músculo, con pelo largo. Con líneas  profundas, talladas en su rostro. Algunos le llamaban brutalmente hermoso.
Otros dijeron que su boca era sensual y cruel. La mayoría decían que era aterrador. Justo en ese momento, se sentía totalmente cansado, tan cansado que apenas podía manejar buscar un lugar a su alrededor para sentarse. Quería quedarse allí, en la hierba fresca.
Obligó a su cuerpo a moverse mientras buscaba un lugar cómodo para sentarse y ver salir el sol sobre el bosque. Muy lentamente se hundió en el suelo blando, sin importarle que la humedad del rocío de la mañana se filtrara en su ropa. Él no se molestó en regular su temperatura más de lo que había molestado en sanar sus heridas. Había satisfacción al tomar su decisión. Por primera vez en su existencia no tenía el peso de la responsabilidad. Él alineó ​​sus rodillas, juntó las manos y apoyó la barbilla en la pequeña plataforma que había hecho para poder ver al caballo y su jinete mientras el Caballo de Paso paseaba suavemente con los pasos  naturales que le hizo tan famoso.
Sintió el sol picando sobre su piel, pero no fue la terrible sensación que había sentido toda su vida. Solange le había dado su sangre en dos ocasiones para salvarlo de convertirse en vampiro. Había tenido mucho cuidado de evitar su sangre una vez que se dio cuenta, de que podía pasar las horas de la madrugada a la intemperie sin repercusiones. Otros de su especie podía ver el amanecer y había algunos que en realidad podía caminar en las calles por la mañana sin la ayuda de Solange, pero con el alma tan oscura, hace mucho se había unido a los vampiros en su necesidad de esconderse de la luz del sol aún el de la madrugada.
Él se bebió con los ojos a Margarita, tan cerca de la felicidad como   un hombre sin emociones pudiera conseguir. Ella había negociado su voz por su vida. Él había recompensado su lealtad salvando su vida y dando instrucciones que le dieran todo lo que quisiera en el rancho. No había joyas adornando sus dedos o garganta. Ella usaba ropa simple. Pero vivía para los caballos, incluso él podría ver eso. Él le había dado a ella-vida. Y de una cierta manera extraña, ella había dado a él- su libertad.
Él era inconsciente del paso de tiempo. Los insectos permanecían en silencio. Los caballos dejaron de dar vueltas y se apiñaron tan lejos de él como les fue posible, en una esquina del corral, fuertemente amontonados juntos, cambiando de lugar, apenas capaz de tolerar su presencia. Despacio su cuerpo reaccionó al sol naciente con la pesada aflicción extraña de su especie.
Zacarías se estiró sobre la tierra, boca arriba, su cabeza girada para ver a Margarita mientras caminaba hacia él. Ahora la luz del sol penetraba su ropa y tocado su piel como un millón de agujas diminutas que perforaban su carne. Torres diminutas de humo comenzaron a elevarse de su cuerpo mientras la combustión comenzaba. Él no podía moverse, pero él no quería hacerlo. Ella era hermosa. Fresca. Inocente. La alegría lo llenaba profundamente a pesar del dolor creciente. Él mantenía sus ojos abiertos, queriendo – no - necesitando ver a Margarita montar para que estuviera en su corazón cuando entrara en su siguiente vida.
 Quizás él la miró demasiado estrechamente, su mirada dibujando la suya, o tal vez el comportamiento extraño de los animales y de los insectos la alertaron, pero ella giró su cabeza y su mirada se encontró con suya. La vio jadear y apretar repentinamente sus rodillas sobre el caballo, instándolo a seguir.
¡No! quédate atrás. No te acerques a mí. Permanece en tu sitio da la vuelta a tu caballo y vete.
 Si hubo una pequeña vacilación que indicara que las palabras se habían forzado en su mente, él no lo captó. El caballo salto sobre la valla y cuando comenzó a temblar de miedo, ella paró el animal y desmontó. El Paso pateó la tierra y ella envió al caballo una mirada con el ceño fruncido, luego agitó la mano hacia el corral. Inmediatamente el peruano Caballo de Paso corrió hacia la valla, la saltó limpiamente y se unió a los otros caballos en una esquina lejana.
 Margarita se acercó a él cautelosamente, del modo en que ella podría acercarse a un animal arrinconado, salvaje, con la mano extendida, la palma hacia él,  moviendo sus labios silenciosamente como si ella no se hubiera acostumbrado suficiente  al hecho que ya no podía hablar. El calor inundó su mente, un bálsamo calmante que le dijo que ella no le haría ningún daño.
Luchó para moverse, pero la maldición del sol estaba sobre él. Ella se acercó, su sombra cerniéndose sobre él, su cuerpo bloqueando la salida del sol. Sus ojos eran oscuros y ricos, mirándolo con una mezcla de miedo y alarma por él.
Déjame. Vete ahora.
 Él empujó la orden en su cabeza, enviando la impresión de un gruñido, de un comando absoluto.
 Margarita se agachó a su lado, tocando su brazo que humeaba, frunciendo el ceño por la preocupación y después alejando su mano, soplando con la punta de sus dedos.
Es mi elección. Déjeme morir. Él no tenía ninguna idea si sus órdenes penetraran. Ella no parpadeó ni lo miró como si lo oyera.
Había sido entrenada desde su nacimiento para obedecer a los miembros de su familia. Seguramente no lo desafiaría. Ella sabía con qué facilidad un cazador de los Cárpatos cerca del borde de la locura podría convertirse en vampiro. Los no-muertos le habían arrancado su garganta. Sintió su mano temblar contra el calor de su brazo. Ella tuvo que haberse quemado los dedos al tocar su piel. Se centró en ella y empujó en su mente con una compulsión para que lo dejara. Había demasiada compasión en ella, era demasiada atrevida al desobedecer a un ser tan poderoso como él.
Su compulsión cayó contra una mente que apenas podía entender. No fue como si encontrara obstáculos-era como si sus técnicas, simplemente se disiparan como el humo.
Se sacó su corta y suave chaqueta, y la arrojó sobre su cabeza, cubriéndole el rostro y los ojos. Él sintió que le tomaba su muñeca y comenzaba a tirar de él a través de los pastos mojados. A su paso las hojas de hierba se volvían marrón. Oyó el siseo del aire al salir de sus pulmones y sabía que su mano se estaba quemando, pero ella no se detuvo.
Por primera vez en los largos siglos una rabia profunda se enrolló y ardió en su vientre, que alguien se atreviera a desafiar sus órdenes directas. Ella no tenía ningún derecho. Lo sabía mejor que nadie. Nadie le desafió, ciertamente, no un ser humano, y definitivamente no  una mujer. Y no uno de los siervos de una familia a la que le había dado toda su protección y riqueza más allá de lo imaginable.
Había escogido la muerte. Se había preparado. Estaba contento con su decisión-abrazado su elección. Esta era la peor clase de traición.
Usted se arrepentirá de su desobediencia, le prometió.
Margarita lo ignoró o no lo oyó. Honestamente no sabía qué, ni le importaba. Ella tendría que pagar. Rocas se clavaban en su espalda, y luego la protuberancia de la madera cuando ella logró meterlo en el establo. El sol dejó de quemarlo vivo, aunque el cosquilleo de las agujas todavía penetraban su piel.
Hábilmente le rodó en una lona, ​​sin quitarle la chaqueta de su cara. Incluso le metió los brazos sobre el pecho antes de rodarlo. Se sentía como un bebé indefenso. La indignidad de la misma, lo malo de sus acciones despertó algo monstruoso en él. Se retiró como el animal salvaje que era, en espera de su momento-y habría un momento. Había conocido el miedo cuando un vampiro le arrancó su garganta, pero no sería nada en comparación con el terror que la venganza de Zacarías de la Cruz  le arrancaría por sus pecados.
Ella trató de enganchar la lona a uno de los caballos, él sabía por el olor y por teclear de los cascos que el animal protestó por su proximidad. Él podría haberle dicho que ningún caballo le permitiría hacerlo en su presencia, pero se mantuvo quieto, ahora solamente esperando el resultado de su error. La falta de la fuerza del caballo  no la disuadió. Él oyó el sonido de sus pasos y luego cuando comenzó a tirar de la lona ella misma. Él sabía que estaba sola por el sonido de su aliento reventado de sus pulmones que se repetían en pequeños jadeos.
Él encontró significativo que ella no pidiera ayuda. Un grito-bien, ella no podría gritar-pero debía tener una manera de atraer la atención. Los varones que trabajaban en el rancho vendría a su ayuda si ella les avisaba, pero debe haber sabido que él les ordenaría  que le permitieran morir-y ellos obedecerían. La feroz quemadura en su vientre creció más ardiente, lo bastante caliente por algunos momentos para que él pensara que se estaba quemado a través de su piel sus órganos internos.
Él no podría ver nada, pero sentía cada golpe de las rocas y el resplandor feroz del sol mientras ella lo arrastraba del establo a la casa de rancho. El calor abrasador era asombrosamente eficaz, expulsando todos los pensamientos sanos hasta que él quiso gritar de agonía. Vino gradualmente, un proceso lento de carbonización que se filtraba a través de su piel y el tejido óseo.
Zacarías trató de apagar el dolor como lo había hecho durante siglos, pero la quemadura del implacable sol era algo que no podía compartimentar cuando presentaba tantas otras heridas. Incluso con la lona envuelta a su alrededor, sintió el fuego penetrante como flechas ardientes que picaban su cuerpo. El calor hervía su sangre y las llamas lamían en su interior. No podía gritar, protestar, o hacer otra cosa que ser arrastrados por el patio de lo que presumía era la casa del rancho.
Margarita resopló fuerte cuando tomó su peso completo encima de los dos escalones que llevan adentro. En el momento en que estuvo dentro de los frescos y gruesos muros, dejó caer el arnés y se precipitó en la habitación. Podía oírla tirar de las cortinas gruesas del lugar, cubriendo las ventanas.
Usted va a sufrir como nadie más ha sufrido por su desobediencia, prometió, empujando las palabras en su cerebro.
Una vez más tuvo la impresión de que sus palabras caían por unas grietas, como si ella no pudiera comprender lo que le había dicho, pero eso no importaba. Él esperó a que con mucho cuidado, desenrollara la lona y cuando los bordes se abrieron, le espetó con sus oscuros ojos abiertos y trabó su mirada con la de ella. Un silbido largo y lento se escapó, una promesa de una represalia brutal, y no hubo  duda alguna de su significado.

Aclaracion-Disclaimer

La Saga Serie Oscura, es propiedad de la talentosa Christine Feehan.
Este espacio esta creado con el único fin de hacer llegar los primeros capítulos de estas magnificas obras a todos ustedes que visitan el blog. Lamentablemente, en latinoamericano muchos de estos maravillosos ejemplares, no estan al alcance de todos.
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Gracias por su visita
Mary