Un Ritual lleno de Pasion y Amor

"Te reclamo como mi compañera. Te pertenezco. Te ofrezco mi vida. Te doy mi protección, mi fidelidad, mi corazón, mi alma y mi cuerpo. Tu vida, tu felicidad y tu bienestar serán lo más preciado y estarán por encima de todo siempre. Eres mi compañera, unida a mí para toda la eternidad y siempre bajo mi cuidado”



lunes, 11 de abril de 2011

FUEGO OSCURO/CAPITULO 17


Diecisiete

El agua goteaba lentamente desde el techo de la caverna, cayendo en pequeños regueros por las paredes, hasta formar los distintos estanques distribuidos por la estancia. Mezclada con la fértil tierra rojiza, adquiría una apariencia sanguinolenta en la superficie, agitada por las burbujas y el vapor. En algún lugar apartado, una roca se desprendió, rebotando sobre las pétreas paredes. Después todo volvió a quedar en silencio.
Darius se dio cuenta que estaba tumbado en el suelo, se sentía pesado y entumecido. Un hambre voraz le corroía las entrañas. Dolor; estaba flotando en un mar de dolor. Algo lo mantenía clavado al suelo, pero no tenía la más ligera idea de lo que había sucedido ni de dónde se encontraba. Giró pesadamente la cabeza, sorprendido ante la dificultad del pequeño gesto. Su mente parecía estar nublada y reaccionaba con lentitud. Tardó unos instantes en enfocar la visión y, al hacerlo, la mano que estaba apoyada sobre sus labios cayó como un peso muerto sobre su pecho. Su alma gritó de miedo y dolor, desgarrada. El sonido se extendió por la caverna, hasta transportar al mismo cielo el profundo tormento de Darius. Cogió la muñeca de Tempest y rápidamente cerró el horrible corte con el que le había salvado la vida.
—Nena, nena, ¿qué has hecho? —Se estremeció mientras la atraía hasta su cuerpo y posaba la mano sobre su corazón que latía de forma muy irregular. Tempest respiraba afanosamente y el corazón estaba apunto de detenerse. La pérdida de sangre era mortal. Estaba muriendo.
Sin pensárselo dos veces, se abrió una herida en la muñeca y la presionó sobre la boca de su compañera. Una pequeña cantidad de sangre la mantendría con vida hasta que tuviese oportunidad de alimentarse y le proporcionara el volumen necesario. Tenía la mente en blanco. Tan sólo rezaba; no podía morir, él no permitiría que lo abandonase. No podía morir. Se lo juró a si mismo, a Dios. La sumió en un profundo sueño, ordenándole mantenerse con vida, obligándola a que su cerebro analizara la orden y la cumpliera; empleó toda su voluntad y poder en la orden. Y le dejó muy claro que en esto no podía desafiarlo.
Cuando fue capaz de apartarse de ella, se lanzó hacia el aire para ir en busca de una presa. No buscaba nada en concreto; se alimentó rápida y vorazmente, dejando caer descuidadamente a sus víctimas al suelo, una a una, antes de que la pérdida de sangre les costara la vida. En su mente sólo existía un pensamiento: volver junto a Tempest. No le importaba si alguien más vivía o moría. Tan sólo ella; toda su voluntad estaba centrada en mantenerla atada a este mundo, junto a él.

En esta ocasión, con fuerzas renovadas, la cogió en brazos y la acunó contra su pecho. Se abrió una herida sobre el corazón y la alimentó con ternura, asegurándose de que bebía lo suficiente para permanecer con vida. Cuando comenzó a responder al sustento, intentó alejarse de él. Se limitó a sujetarla con más fuerza. Lo obedecería; esta vez no podía ser de otro modo. Le había concedido más libertad de la que jamás habría pensado que una mujer pudiese tener. Nunca antes había sometido su voluntad, pero esta vez no tenía otra opción. Estaban en juego sus vidas, sus almas. Si ella moría, estaba condenado. No podría entregarse al amanecer sin buscar venganza; todo el mundo la sufriría; un horror como jamás nadie había contemplado. Elegiría deliberadamente la maldición, sucumbiría a la oscuridad para poder llegar hasta aquéllos que la habían apartado de él.
Cuando estuvo seguro de que había tomado el volumen de sangre necesario, introdujo la mano lentamente para separarla de su pecho, cerró el corte y la tumbó sobre el suelo. Tendría que limpiar todo rastro de sangre de sus cuerpos antes que ella despertara. Cerró los ojos, y se ocupó de curarse las heridas desde el interior de su cuerpo. La lesión de la cadera era bastante fea; la bala había destrozado el hueso y el daño era mucho mayor de lo que le hubiese gustado. El muslo no fue tan complicado de sanar; pudo reparar los tejidos, las venas y las arterias y no le llevó demasiado tiempo. Incluso pudo bañarse en uno de los estanques antes de cambiarse los emplastos de tierra y saliva, mezclados en esta ocasión con hierbas sanadoras.
Tempest comenzó a removerse inquieta. Se acercó rápidamente a ella, tumbándose a su lado y rodeándola con los brazos. Le apoyó la cabeza sobre su pecho y esperó. Las largas pestañas se agitaron, pero no abrió los ojos. Darius dibujó con la yema de un dedo el contorno de la suave mejilla, deslizando la palma de la mano hasta la base del cuello para sentir el pulso.
—Despierta, cielo. Necesito que abras los ojos —le dijo en una mimosa caricia.
—Me lo estoy pensando —contestó ella con voz cansada.
—¿Pensándolo? —repitió él—. Me has quitado siglos de vida con el susto que me has dado, ¿y te paras a pensar si abrir o no los ojos?
—Antes dime qué aspecto tengo —dijo con un hilo de voz.
—Estás diciendo tonterías —la voz de Darius era mágica, ronca y acariciante.
—¿Me han crecido los dientes? ¿Tengo pinta de bruja? No me siento trastornada, pero nunca se sabe —alzó los párpados y lo miró. Había diversión en las profundidades de esos ojos verdes—. Puede que lo esté, ya sabes.
—¿Estar cómo? —era tan hermosa que le robaba el aliento.
—Desquiciada, ¿es que no me estás prestando atención? Después de todo, he elegido pasar la eternidad chupando el cuello a los hombres.
—¿Chupar el cuello de otros hombres? —Darius por fin volvía a respirar con normalidad. Su corazón latía de nuevo a su ritmo normal—. Jamás, bajo ninguna circunstancia se te ocurrirá chupar el cuello de ningún hombre; a no ser, claro está, que se trate del mío. Soy un hombre muy celoso, nena; muy, muy celoso.
—¿Por qué no tengo apetito? ¿No necesito sangre ahora? —Giró la cabeza para mirarlo de nuevo. El rostro de Darius volvía a tener un aspecto saludable, y sus ropas estaban de nuevo inmaculadas. ¿Cómo lo conseguía? Bueno, no le importaba demasiado. Estaba tan cansada, que lo único que quería era dormir—. Todavía no acaban de gustarme los lugares cerrados. Pensaba que me despertaría con un deseo irrefrenable de colgarme cabeza abajo, como si fuese un murciélago o algo así. —Bromeaba. Pero Darius captó la preocupación, Tempest estaba desesperada por que él no lo notara. Enterró los dedos en la melena cobriza, masajeando el cuero cabelludo.
—Lo superaremos, Tempest. No puedo creer que arriesgaras tu vida de esta manera. Cuando te recuperes, te diré un par de cosas. Ya sabías que había tomado una decisión, y deliberadamente, te pusiste en peligro. Tardaré siglos en olvidarlo. —Jamás olvidaría el valor que había demostrado, el acto de amor que le había dedicado. A él. Su corazón se derretía a la par que latía enloquecido al pensar en lo que podía haber pasado.
—Deja de darme sermones, Darius —contestó Tempest con voz baja, apretándose el estómago con la mano—. ¡Oh, Dios! Me siento mal.
Al instante, Darius colocó la mano sobre el estómago de Tempest y percibió los espasmos y las crecientes oleadas de calor. Maldijo en voz baja mientras ella lanzaba una bocanada de aire a la vez que chillaba de dolor. Dio un respingo y se apoyó de nuevo sobre él. Darius entrelazó sus manos.
—Ha comenzado, amor mío. Estás sufriendo la conversión —unió sus mentes, apoyándola y soportando todo el dolor que fue capaz de aguantar.
La primera oleada duró unos minutos. Pero pareció una eternidad. Darius sudaba copiosamente y lanzaba juramentos en todas las lenguas que conocía. Cuando Tempest se quedó tranquila, le secó las gotas de sudor que cubrían su frente con dedos temblorosos. Ella se humedeció los labios, el dolor empañaba su mirada.
—Si me abandonas durante el primer siglo de nuestra vida en común, después de haberme hecho pasar por esto, te juro que te perseguiré como a un perro sarnoso. Ellas me dijeron que sería doloroso. Recuérdame que les comente que eso es quedarse cortas.
—No estarán vivas para que les cuentes nada —amenazó, acariciando los mechones ahora empapados de sudor y pegados a la piel. Quería estrangular a Syndil y a Desari por haber metido las narices donde no debían. Tempest se abrazó a él con más fuerza, tenía de nuevo el cuerpo tenso. La mantuvo sujeta mientras se retorcía y se estiraba una y otra vez. Un dolor abrasador le recorría los músculos y los huesos; le exprimía los pulmones y el corazón, reformando el código genético, ordenando las células de acuerdo con su nueva naturaleza. El dolor era tan intenso que el color desapareció de su rostro aunque Darius la ayudaba a soportar la agonía.  De nuevo, la oleada pasó, alejándose poco a poco y dándole otro respiro. Sin darse cuenta, le había clavado las uñas profundamente en los brazos, inmersa en los tremendos dolores.
—¿Puedes hacer que pare, Darius? —la pregunta escapó antes de que pudiera pensar lo que le pedía. Sabía que si estuviese en su mano, él le evitaría cualquier tipo de sufrimiento—. Perdóname, no quise decir eso —susurró con voz ronca, alzando la mano para acariciar con dedos trémulos aquellos labios perfectamente cincelados—. Puedo aguantarlo, de verdad. Sé que puedo superarlo. —Pero de nuevo el dolor comenzaba, aquella sensación de calor al rojo vivo que amenazaba con arrebatarle la cordura.
Darius no podía creer que ella estuviese intentando sosegarlo en mitad de aquella agonía. Lo único que podía hacer era abrazarla y sentirse como un inútil, con los ojos anegados de lágrimas, rezando una y otra vez, implorando misericordia; no se apartó de su mente ni un solo instante. Tempest quería gritar, gritar hasta perder el sentido, pero de su garganta no brotaba el más leve sonido. Estaba a punto de vomitar y un reflejo involuntario, provocado por el pudor, la llevó a alejarse todo lo que pudo de él, arrastrándose sin mirar hacia dónde iba; pero sus mentes estaban tan estrechamente unidas, que Darius supo al instante lo que ocurría. Era el proceso lógico: el cuerpo de Tempest intentaba, desesperadamente, librarse de las toxinas, de los últimos vestigios de fluidos humanos y de la sangre. Volvió a sujetarla mientras por su rostro corrían lágrimas de sangre. Jamás había deseado que ella pasase por eso, que pasara por el infierno de la conversión. Le resultaba muy difícil respirar, todo su cuerpo se rebelaba en protesta por el atroz sufrimiento del que sólo él era culpable. Tempest parecía tan débil y frágil entre sus brazos que daba la impresión de estar a punto de romperse en pedazos.
—Quédate conmigo, amor. En unos cuantos minutos todo pasará y podré ayudarte a dormir, ya no sentirás dolor. Quédate conmigo, por favor.
Aun con el fuego desgarrándola, con todos los músculos luchando y retorciéndose espasmo tras espasmo, Tempest intentó reconfortarlo. Con las yemas de los dedos rozó levemente su cuello antes de que la mano cayera inerte. Darius dejó escapar un sollozo, estaba tan tenso que podría jurar que su corazón se había partido en dos.
En cuanto pasó el peligro de que ella se ahogase en su propio vómito o a causa de las hemorragias, la sumió en un sueño profundo para que su organismo acabara por sí mismo de adaptarse a los cambios. La mantuvo abrazada, con la mente firmemente inmersa en la de ella para asegurarse de que no le ocurriera nada. Cuando el proceso de conversión finalizó y se convenció de que estaba a salvo, le quitó la ropa, que estaba en un estado lamentable, y la lavó con cuidado y ternura.
Exhausto y destrozado por el horrible trance que había pasado su compañera, se quedó sentado durante un buen rato. Su mente, normalmente tranquila, estaba sumida en el caos. Jamás se había planteado que alguien lo amara lo suficiente como para atravesar los fuegos del infierno por él. El sacrificio de Tempest lo dejó derrotado. La besó, acariciándola casi reverentemente antes de abrir la tierra. La ayudó a dormir el sueño de los inmortales mientras cerraba la tierra sobre ella para que sanase.
En cuanto estuvo profundamente enterrada, miró hacia el túnel que llevaba de vuelta a la superficie. Sus ojos negros ahora eran gélidos y crueles. Sintió la bestia cobrar vida en su interior, y no la detuvo. En las profundidades de sus ojos aparecieron las llamas rojizas que acompañaban su estado de ánimo más oscuro.
No había dado caza a esos asesinos meses atrás, tras el ataque a Desari, y éste era el resultado. En aquel entonces, dio la espalda a su instinto, que le inducía a buscarlos y destruirlos; prefirió seguir los dictados de la prudencia: mezclarse con la gente, integrarse en la sociedad humana de modo que no llamasen la atención. No obstante, ahora Darius no tenía ninguna duda; no quedaba ni un atisbo de civilización ni en su cuerpo ni en su alma. Protegió la caverna con los hechizos más poderosos que jamás había usado; estaba decidido a que nadie, ya fuese humano o miembro de su raza, se acercara a Tempest mientras dormía. Si alguien lo intentaba, moriría. Se desplazó a través del túnel saliendo al exterior como un vendaval. La rojiza neblina de la venganza ofuscaba su mente.

El concierto había acabado. Syndil y Desari se encontraban a salvo en una habitación fuertemente custodiada; Cullen estaba con todos ellos. Repentinamente todos dejaron de hacer lo que tenían entre manos y se pusieron tensos, intercambiando una larga y elocuente mirada. Julian echó un vistazo al cielo a través de la ventana.
—Se ha despertado. No habrá forma de detenerlo. Ha decidido destruir a todos aquellos que se llevaron a Tempest. —Parecía muy satisfecho y con mucha calma se inclinó para depositar un beso en los labios de Desari. Después salió, seguido de Dayan y Barack a la terraza de la suite. Dayan tomó impulso y saltó en el aire.
—Es bastante irónico que ahora dejemos a nuestras mujeres con el humano. —Su cuerpo se había transformado mientras saltaba y ahora aparecía cubierto de plumas con las enormes alas extendidas.
—Nuestras mujeres son capaces de manejar a un humano —gruñó Barack mientras se unía a Dayan en el vuelo; también había elegido la forma de un búho para cruzar el cielo y llegar junto a su líder—. Syndil, no te acerques a ese rubio casanova. Si te pillo haciéndole ojitos, sufrirá lo indecible.
—¡Vaya! Resulta que ahora podemos manejar a un simple humano. Eso me gusta. Entonces, si tengo que llevármelo al dormitorio más próximo no podrás protestar.
—No me obligues a matarlo. Darius se ha encariñado con él, aunque no entiendo la razón.
—¿Barack? —Syndil se mantuvo en silencio un instante buscando las palabras que mejor expresasen sus preocupaciones—. Ten mucho cuidado, por favor. No me gustaría que Desari tuviera que llorar por ti.
Barack contestó riéndose suavemente, acariciando la mente de Syndil.
—Y quieres que crea que tú no llorarías ¿verdad? Nunca me he visto como un ángel, pero la paciencia que estoy demostrando contigo me llevará a los altares.
—No puedo imaginar que alguien te confunda con un ángel ni con un santo. —Y de nuevo dudó—. Ten cuidado, Barack. Percibo la intensidad de Darius. La oscuridad lo domina. No habrá marcha atrás, sea cual sea el peligro.
—Su compañera ha elegido ser de los nuestros. ¿Es que no percibiste la agonía de Darius al verla sufrir? —preguntó con una cierta censura. Sintió las lágrimas agolpándose en los ojos de Syndil.
—No me lo recuerdes. Darius nos obligó a compartir el resultado de nuestra intromisión. Tempest ha sufrido mucho.
—Ya pasó, cariño. —Ser el culpable de sus lágrimas le partió el corazón—. Conseguiremos que Darius se olvide de su enfado y todos volveremos a la normalidad —le aseguró Barack.
—Darius está verdaderamente enfadado con nosotras. Tardará mucho en perdonarnos.
Quería volver para consolarla. Como no podía hacerlo, le envió oleadas de cariño y de amor. Ya sabía que Darius estaba furioso, letalmente furioso. Y también sabía de lo que era capaz en aquel estado; las mujeres no podían llegar a imaginarlo. Era un enemigo implacable e inmisericorde. Su mujer, la que moraba en su alma, acababa de atravesar un verdadero infierno, y eso, no sería capaz de perdonarlo fácilmente. Barack se apresuró, atravesando el cielo para unirse al cazador.
Una vez que llegaron junto a Darius, Julian hizo un gesto señalando el suelo para detenerse un instante. Principalmente quería comprobar por sí mismo el estado de Darius, la gravedad de sus heridas. En realidad, los tres querían protegerlo. Había estado a un paso de la muerte. La gélida mirada de Darius se posó impaciente en Julian.
—¿Qué pasa?
Se habían detenido en un huerto no muy lejano al lugar donde Darius había conseguido desviar al coche de la carretera. Julian se había encargado de hacer estallar el vehículo. El fuego ya estaba controlado y la policía comenzaba a abandonar el lugar en esos instantes.
—Cullen me contó que un tal Wallace llegó no hace mucho desde Europa. Él fue quien azuzó a los miembros de la Sociedad y sobre todo a Brady Grand, en contra de la banda, de Julian y especialmente de Desari —informó Dayan mientras estudiaba atentamente la expresión de Darius. Estaba demacrado, y su talante no era nada amistoso. Tenía una mancha de sangre en la cadera y otra, mucho más grande, sobre el muslo. Dayan miró inquieto a Julian y Barack pero evitó hacer cualquier comentario. La mirada de Darius delataba la furia que sentía. La luna, que estaba cubierta de un extraño resplandor púrpura, se reflejaba en sus ojos y desde aquellas insondables profundidades emergían llamaradas provocadas por la furia más elemental. Nadie podría controlar a Darius; era un depredador en estado puro. No dejaría escapar a su víctima.
—¿Has oído hablar del tal Wallace? —preguntó a Julian.
—Hace unos cuantos años, hubo un hombre que amenazó y persiguió a nuestro Príncipe, a su compañera y a su hermano. Torturó a humanos y a miembros de nuestra Estirpe por igual. Se llamaba Wallace, pero fue destruido. Sé que pertenecía a un grupo de fanáticos; supongo que deben ser familia puesto que también es europeo el que nos ocupa ahora. Debe ser el cabecilla de la Sociedad.
—Estos lunáticos son como Medusa. Les cortas la cabeza y otra aparece en su lugar. Al menos, si atrapamos a éste, tardarán un tiempo en reagruparse de nuevo —dijo Darius en voz baja—. Tendremos algo más de tiempo para reunir información.
Julian asintió seriamente.
—Los cazadores de vampiros han sido una plaga en Europa durante miles de años. Y mientras nuestros hombres sigan transformándose en vampiros, existirá gente que sospeche y nos persiga a todos, sin distinciones.
—Quizás la solución esté en descubrir todo lo que podamos sobre estos locos y darles caza —sugirió Darius sin traza de humor.
—Ya tenemos gente recabando información. Han desarrollado un veneno en uno de sus laboratorios; si es inyectado en el cuerpo de uno de los nuestros, le paraliza por completo —informó Julian de pasada—. Nuestro sanador -o sea, tu hermano- ha encontrado el antídoto. Pero estos tipos están decididos a todo. Aunque acabemos con Wallace vendrán otros más y continuarán desarrollando otro tipo de sustancias y venenos para atraparnos.
—No te equivoques Julian —replicó Darius con voz amenazante y tranquila—; no tengo «intención» de destruir a Wallace, «voy» a destruirlo. Si con eso conseguimos un respiro, que así sea. Si no es así, seguiremos adelante con nuestro deber.
—¿Tienes el rastro de nuestra presa? —preguntó Julian.
—Apesta. Esta noche no escapará a su destino.
—Tu compañera sigue con vida —apuntó Dayan con cautela, consiguiendo que Darius girara bruscamente la cabeza y le dedicara una mirada cargada de las más abyectas intenciones.
—Soy muy consciente del estado de mi compañera, Dayan. No hace falta que me lo recuerdes.
—Tempest es una de esas mujeres especiales que jamás guarda rencor por nada —dijo Julian sin dirigirse a nadie en concreto—. Es muy difícil imaginársela haciendo daño aunque fuese a una mosca.
—Muchas gracias por señalarme ese detalle, Julian —espetó Darius mientras saltaba y comenzaba a surcar el cielo. Eran muy pocos los que podían hacer semejante demostración de poder. Su cuerpo se había disuelto al instante en diminutas gotas de vapor de agua y ahora se desplazaba en forma de bruma. Julian se rió quedamente y le siguió ya que no quería ser menos que su cuñado. Dayan encogió sus poderosos hombros, sonrió a Barack, y tomó carrera para impulsarse. Barack movió la cabeza y les siguió. Necesitaban a alguien que impusiera cordura, y ése era él.
La oscura y amenazante nube se hizo más espesa a medida que los jirones de vapor se reunían para surcar con rapidez el cielo salpicado de estrellas. Bajo ellos, los animalillos se apresuraban a esconderse en sus madrigueras. Percibían la oscuridad de los depredadores que se movían sobre sus cabezas y preferían pasar desapercibidos en los árboles o bajo tierra. La nube se detuvo bruscamente, como si el viento hubiese dejado de soplar. Darius dejó que la suave brisa le rodeara, traspasándole; enseguida le trajo el hedor de su presa, informándole del lugar exacto donde debía dirigirse. Había captado el olor de los compañeros de Brady Grand cuando fueron atacados en el campamento y jamás podría olvidarlo.
Allá a lo lejos, oculta en la falda de una colina, se elevaba la casa principal de un rancho. A primera vista parecía desierta, pero no había forma de detener al viento que llevaba hasta los cazadores el rastro de sus presas. La nube se movió de nuevo lentamente, extendiéndose sobre la colina como una mancha oscura en el cielo. El viento comenzó a soplar con fuerza y habría arrastrado lejos a la nube si ésta hubiese sido una de las muchas que cruzan el cielo. En lugar de ello, permaneció sobre el lugar, presagiando muerte y destrucción.
El viento sacudió las ventanas de la casa en busca de una posible entrada, sopesando los puntos débiles. La intensidad aumentó, y los cristales comenzaron a vibrar mientras las contraventanas golpeaban con fuerza. En la parte sur del edificio, alguien abrió una ventana en la planta baja para cerrar los postigos. La nube se movió rápidamente. Descendió del cielo y se introdujo en la casa a través de la ventana abierta, expandiéndose en la habitación y convirtiéndose en una sofocante humareda. El hombre, que estaba intentando cerrar la ventana, se tambaleó hacia atrás con la boca abierta. No emitió ningún sonido; el espeso vapor se introdujo en su cuerpo, robándole el aliento y extrayendo el aire de sus pulmones.
Uno a uno, los cuatro cazadores retomaron sus formas humanas. Darius ni siquiera se detuvo; analizaba todos los ruidos de la casa. Había cuatro hombres jugando al billar en una habitación, tres puertas a la derecha. Sobre ellos, se movían otros dos en el piso superior. Alguien veía la televisión en el piso de arriba a la derecha de donde ellos se encontraban. Darius se deslizó en silencio a través de la casa, acechando sigilosamente a sus víctimas, como un depredador.
En la planta baja, dos hombres estaban cómodamente sentados charlando en una amplia estancia. Los militares que esperaban a Tempest; aguardaban a una mujer indefensa a la que podrían torturar a placer mientras esperaban que cualquiera de los «vampiros» llegase en su busca. Cada uno de ellos llevaba consigo una jeringuilla; Darius lo sabía, pero le traía sin cuidado. Lo único importante era el hecho de que esos hombres habían intentado hacer daño a su compañera y a su hermana. Nada podría contenerle.
Se detuvo en el hueco de la puerta que llevaba a la sala de billar. Sus ojos lanzaban destellos rojizos y los colmillos brillaban a la luz. Los hombres se giraron al unísono, como si de una coreografía de ballet clásico se tratase. Todos se llevaron las manos a los oídos al mismo tiempo, mientras Darius les dirigía una amenazadora y divertida sonrisa. Continuó aumentando la presión, aplicando más dolor de forma calculada y cruel. Los hombres cayeron de rodillas a la vez.
—Caballeros, creo que me buscaban —dijo con voz suave y semblante implacable. Ejercía un férreo control sobre sus emociones, de modo que daba la falsa impresión de ser un hombre frío. Observó cómo morían los cuatro soldados sin inmutarse, dedicando un breve pensamiento al hombre que tuviese que explicar las muertes de cuatro soldados, causadas por otros tantos aneurismas cerebrales que habían tenido lugar al mismo tiempo. No tardó en apartar a las víctimas de su pensamiento.
Julian, Dayan y Barack, podían encargarse de los que quedaban en la planta baja. Darius se movió, adoptando la forma de un viento ponzoñoso y gélido, hasta la otra parte del edificio, donde sabía que encontraría al cabecilla de la organización. Se desplazaba con tanta rapidez que uno de los militares, que se dirigía a la sala de juegos, chocó contra él sin percatarse de lo que sucedía; el tipo se tambaleó hacia atrás, miró a su alrededor rascándose la cabeza y continuó su camino. Darius lo dio por muerto. Julian había sido testigo del intento de asesinato de Desari. Unos cuantos hombres similares a ése habían acribillado el escenario con sus ametralladoras y Julian había conseguido salvar a su recién encontrada compañera. A pesar de su mordaz sentido del humor y de su actitud socarrona, Julian era tan letal como Darius; simplemente sabía ocultarlo mejor. Su cuñado no permitiría que ninguno de aquello asesinos saliera con vida de la casa.
La enorme sala de estar tenía techos altos y una gran chimenea de piedra adosada en uno de los muros. Mullidos sofás y sillones estaban dispuestos junto al fuego invitando a largas y tranquilas conversaciones. Dos hombres se encontraban cómodamente sentados en sendos sillones, bebiendo café mientras esperaban a su víctima. La impresionante figura de Darius ocupó el hueco de la puerta y allí permaneció, esperando. El mayor de los dos hombres debía ser Wallace. De complexión mediana y pelo gris, rostro frío pero apuesto y ojos inexpresivos. Su compañero era unos veinte años más joven, tenía el pelo oscuro y estaba deseando probarse a sí mismo. Darius sondeó sus mentes. La de Wallace era de naturaleza perversa, y enferma; un hombre cruel con los animales y también con las mujeres. Se divertía haciéndoles daño y se excitaba cuando era testigo de las torturas a las que sus víctimas eran sometidas. Este Wallace era el padre del que fue asesinado en Europa años atrás, el heredero de la crueldad de este hombre. El odio estaba profundamente arraigado en su alma y se relamía anticipando la satisfactoria y agradable sesión con Tempest. Las desviadas fantasías que su mente evocaba despertaron el demonio del interior de Darius de tal modo, que le resultó muy difícil controlarlo. Pero ganó la batalla, lo mantuvo sujeto como pudo.
Como ninguno de los dos alzaba la mirada, situación que Darius encontró francamente divertida dadas las circunstancias, se aclaró la garganta para llamar su atención.
—Creo que mi presencia era requerida en este lugar. No hacía falta que me enviasen ese tipo de invitación. Aunque ahora que les he visto y he apreciado la podredumbre de sus mentes, entiendo por qué lo hicieron —su voz era pura y hermosa. Un arma poderosa manejada con destreza por un hechicero—. Por favor, no es necesario que se levante —le dijo al más joven de los dos—. Tengo asuntos que tratar con su jefe.
Alzando una mano, estampó descuidadamente al soldado de nuevo en el sillón manteniendo su mente bajo control con facilidad. Wallace contempló al hombre alto y elegante que estaba de pie en la entrada. El cabello azabache le llegaba justo hasta los hombros. Los ojos le brillaban con destellos rojizos, semejantes a los de un demonio. Exudaba poder y sus dientes brillaban con cada sonrisa. Era inusualmente educado, pero Wallace percibió la amenaza que se escondía bajo aquella pulcra superficie. Físicamente era muy apuesto, un ejemplar intensamente masculino, de sensualidad tan perceptible como la crueldad que reflejaba el rictus de sus labios. El corazón de Wallace comenzó a latir alarmado. Apretó con fuerza los puños.
—¿Quién es usted?
—Creo que la pregunta correcta sería ¿Qué soy? ¿Ha tenido usted algún encuentro con un vampiro, señor Wallace? —preguntó Darius educadamente—. Puesto que se ha tomado tantas molestias para invitar a uno a su hogar, supongo que debe tener una idea bastante aproximada de lo que va a suceder.
Wallace lanzó una rápida mirada a su compañero que se encontraba paralizado en el sillón por el simple capricho del desconocido. Decidió continuar con la misma formalidad con la que el extraño se dirigía a él, esperando poder pillarle desprevenido en mitad de la conversación. La casa era un hervidero de soldados y alguno llegaría tarde o temprano. De todas formas, tenía un arma secreta en su poder; si pudiese conseguir que el vampiro se acercara lo suficiente…
—Pase, por favor —dijo haciendo un amplio gesto con la mano para indicarle que se sentara en una silla próxima. Darius sonrió, mostrando de nuevo los colmillos; las llamas rojizas brincaban en las profundidades de sus ojos. Pero no se movió.
—Ante todo, seamos educados. Estoy seguro que esa fue su intención cuando envió a sus asesinos tras mi mujer. No se moleste en negarlo. Me resulta muy sencillo leerle el pensamiento.
Wallace decidió defenderse con un descarado argumento.
—La depravación se paga con la misma moneda. Conozco a los de su raza, sé de lo que son capaces. Otros como usted mataron a mi propio hijo y asesinaron a mis dos cuñados. Sí, lo confieso, planeaba pasar un buen rato con la chica. Es bastante bonita y habría sido… delicioso.
Darius alzó la mano y observó sus uñas con atención. Una a una, se alargaron hasta tomar la forma de cinco afiladas garras. Sonrió de nuevo con la satisfacción de un depredador y buscó la mirada de aquel mezquino individuo, utilizando sus ojos con la misma efectividad de un puño que se incrustase en su cráneo hasta llegar al cerebro. Wallace sintió un dolor tan brutal que se llevó las manos a ambos lados de la cabeza y presionó con fuerza. Percibió el enorme poder del desconocido y sus entrañas se convirtieron en gelatina. Darius entró a la habitación deslizándose sobre el suelo con un movimiento fluido, con la gracia de un felino; los poderosos músculos se destacaban claramente bajo la elegante camisa blanca. Su presencia llenaba por completo la habitación, absorbiendo el aire.
—Veo que incluso ha decorado las ventanas con ristras de ajo, ¿acaso cree que la verdura puede afectarme de algún modo? ¿Quizá piensa que el ajo tiene la facultad de debilitarme?
—¿Y no es así? —preguntó Wallace con intención de ganar tiempo. El destello de los colmillos de Darius fue su única respuesta. Se acercó a la chimenea y alargó un brazo para tocar el enorme crucifijo de plata colgado sobre el hogar.
—Parece disponer de todos los recursos necesarios para capturar a un vampiro —Wallace contemplaba a Darius totalmente horrorizado. Súbitamente fue consciente del silencio que envolvía toda la casa y lanzó una mirada ansiosa a la puerta. Darius se acercó aún más— ¿Qué es exactamente lo que quiere averiguar sobre mí? Ésta es su oportunidad, no la deje pasar.
Wallace sacó de un tirón la jeringuilla que tenía escondida en el bolsillo y la hundió profundamente en el brazo de Darius. Una vez inyectado todo el líquido, se alejó rápidamente hacia atrás con una sonrisa triunfal en los labios.
—¡Ah, cierto! El veneno que tanto les ha costado desarrollar —dijo Darius en voz baja, sin el menor rastro de preocupación—. Es difícil saber si realmente funciona, a no ser que se pruebe, claro está. Observemos juntos los efectos —dijo clavando la despiadada mirada en Wallace—. Usted cree ser un científico, ¿no es así, señor Wallace?
El hombre asintió lentamente sin apartar los ojos del ser que él consideraba un vampiro. Darius se alzó poco a poco la manga de la camisa, dejando al descubierto los voluminosos músculos de su brazo. Miró fijamente su piel y al instante, unas pequeñas llamas se extendieron por la superficie expuesta. Wallace reprimió un chillido al contemplar cómo las doradas gotas del veneno comenzaban a abandonar el cuerpo de Darius a través de la piel, cayendo al suelo en pequeños regueros.
—Interesante ¿verdad? —preguntó Darius con un ronroneo amenazador—. Debería haber conocido mejor a su enemigo antes de atreverse a lanzar un desafío, señor Wallace. Es un mal negocio salir de caza sin conocer a fondo a su presa.
—¿Dónde está la mujer? —la pregunta hizo que Darius alzara una ceja.
—¿Es tan arrogante que me cree capaz de dejar que sus ridículos asesinos se lleven lo que es mío? Sospecho que usted está más interesado en el paradero de sus hombres.
Wallace suspiró y se mesó el cabello dejando la mano sobre la nuca.
—¿Dónde están?
—Puede reclamar lo que quede de ellos en el depósito de cadáveres —contestó despreocupadamente Darius.
—Supongo que el resto de mis hombres también han sido destruidos —aventuró Wallace. Darius sondeó la casa y sonrió satisfecho.
—He de admitir que su estado de salud es actualmente bastante… precario. Debería elegir sus acompañantes con más cuidado, señor Wallace —los desvaídos ojos del anciano brillaron con repentina malicia.
—Veo que usted tampoco ha salido ileso. Está sangrando.
Darius sonrió otra vez dejando a la vista los colmillos.
—No es nada, un simple arañazo. Mi cuerpo sanará sin dificultad; no obstante, gracias por interesarse.
Darius recibió un siseo del hombre como respuesta.
—Tiene intención de asesinarme.
Los brillantes ojos de Darius se deslizaron sobre Wallace abrasándole como un río de lava.
—Será un gran placer, señor Wallace. Yo protejo a los míos. Le dejé marchar la última vez que amenazó a mi familia, pero parece ser que está impaciente por poner fin a su miserable existencia. No tengo más remedio que satisfacer su deseo.
—Volveré a Europa y lo dejaré tranquilo.
Darius negó con un lento movimiento de cabeza.
—Ha permitido que sus hombres posaran sus asquerosas manos sobre mi mujer. Ha intentado violarla y torturarla. Y no porque creyera que se trataba de un vampiro, sino por el mero placer que iba a obtener durante el proceso. Usted me convocó y ahora tiene lo que deseaba.
Wallace echó un rápido vistazo al joven que le acompañaba; él mismo le había elegido para que fuera su sucesor. Tenía pensado transmitirle todo lo que él sabía, puesto que su naturaleza era igual de depravada que la suya propia.
Darius había captado imágenes en la mente del tipo, se imaginaba torturando a Tempest y filmándolo todo a modo de película snuff. El hombre no creía en vampiros, pero le atraía la descarga sexual y violenta que la Sociedad podía proporcionarle. Darius estaba inmerso en su mente, contemplando la maldad que compartían ambos mundos; los humanos también tenían seres viles y depravados. Liberó del trance al soldado, que se incorporó al instante intentando arrojarse sobre él; estaba tan confuso que no comprendió que el hombre al que intentaba atacar había poseído el control de su cuerpo durante un buen rato.
Darius se mantuvo tan inmóvil que parecía formar parte del mobiliario de la habitación. Silencioso, vigilante e inalterable. En el último instante, justo cuando las manos del hombre rozaban su cuerpo, se disolvió convirtiéndose en vapor para reaparecer tras el atacante.
—¡Daniel! ¡Detrás de ti! —le advirtió Wallace.
El joven intentó desenfundar el revólver a la vez que giraba; en el mismo instante que sus ojos se posaron sobre Darius, vio cómo el rostro de éste comenzaba a contorsionarse y alargarse hasta formar un peludo hocico. Las manos se convirtieron en patas de afiladas garras que se adelantaron junto a las feroces fauces y desgarraron el pecho de Daniel hasta arrancarle el palpitante corazón.
Wallace se levantó de un salto del sillón y lo apartó de una patada para correr hacia la puerta. Sintió que la elegante figura del extraño se movía hasta colocarse delante de él, impidiéndole la huída. De nuevo, Darius tenía la apariencia de un apuesto humano de ojos impasibles y semblante despiadado. Su camisa blanca estaba impoluta, sin rastro de sangre; al contrario que el cadáver de Daniel, que yacía desmadejado como una muñeca de trapo en mitad de un oscuro charco de sangre. Wallace se detuvo, paralizado, sin atreverse a dar un paso más hacia el terrible enemigo que amenazaba su vida.
—¿No te das cuenta? —siseó—. Soy como tú. Puedo ser tu servidor. Hazme como tú, conviérteme en un ser inmortal —ante esta petición, Darius enarcó una ceja.
—¿Le hace ilusión que podamos ser iguales de algún modo? Algunos miembros de mi Estirpe han sucumbido a la oscuridad, se han convertido en seres diabólicos y viles; no son más que caparazones podridos, sin alma; semejantes a usted. Puede que cualquiera de ellos le concediera su deseo y le alimentara con su sangre infecta mientras le fuese útil para llevar a cabo sus tenebrosos propósitos. Pero yo no soy uno de ellos.
—¿Entonces qué es usted? —susurró Wallace. Ahora escuchaba algo más; el silencio en el que la casa había estado sumida se veía invadido por extraños e insidiosos murmullos que resonaban en sus oídos. Intentó no prestarles atención. No entendía el significado de aquellas palabras, pero supuso que en algún lugar de la casa habría más criaturas como la que tenía enfrente. En aquel momento estaban llamándole, instándole a que acabara pronto con él y regresara junto a ellos.
—Soy el brazo de la justicia. He venido a ayudarle a pasar de este mundo al siguiente, donde tendrá que responder por los horribles crímenes que ha cometido contra mortales e inmortales —le informó Darius con voz pausada, casi amablemente. Mientras tanto, Wallace negaba ferozmente con la cabeza.
—No, usted no puede hacer eso. No puede ¡Soy el líder de un ejército! Nadie podrá derrotarme —dijo alzando la voz al borde de la histeria—. ¿Dónde estáis todos? Estoy en peligro. ¡Proteged a vuestro líder!
Los insondables ojos de Darius no abandonaron el rostro de Wallace, vacíos e inexpresivos no reflejaban ninguna emoción. Hasta que las pequeñas llamas rojizas comenzaron a brillar en sus profundidades alentando el miedo de Wallace.
—No queda nadie con vida —dijo Darius—. Sólo usted. Le sentencio a morir por sus crímenes contra de la humanidad. Permítame, por favor —dijo señalando hacia el rellano de la escalera. Wallace fue incapaz de resistirse a la sugestión.
Paso a paso, en macabra procesión, Wallace se acercó al lugar; su cuerpo se movía preso de continuos espasmos que le asemejaban a una marioneta. Intentó gritar, pero no pudo emitir ningún sonido. Su cuerpo continuaba obedeciendo las órdenes del demonio que él mismo había atraído hasta el rancho. Al llegar a las escaleras, la criatura le indicó con un gesto que continuase. Escalón a escalón, de forma irrevocable, Wallace fue conducido hasta la sala de juegos. Cuando vio a los cuatro hombres sin vida, en el suelo, jadeó. No había marca alguna en los cadáveres que indicara la causa de la muerte. El extraño le indicó que siguiera hasta la puerta del balcón. Bajó él, se levantaba una verja de hierro en forma de afiladas lanzas. Wallace miró fijamente los mortíferos barrotes y luchó para no seguir caminando. Pero sintió el vacío bajo sus pies y al instante cayó. Darius le liberó del trance hipnótico de modo que su grito reverberó en la noche. Miró desapasionadamente el cuerpo sobre la verja, uno de los barrotes le había atravesado el corazón. Permaneció inmóvil un instante, luchando por acallar a la bestia que todavía clamaba por ser liberada, exigiendo venganza y sangre.
Tempest. Evocó deliberadamente su imagen, trasladándola a su corazón y a su alma, permitiendo que su luz apaciguara a la terrible bestia y le ayudara a encontrar el equilibrio entre el hombre racional y el depredador. Ya no era ser un salvaje dominado por sus instintos que reclamaba sangre y venganza, gracias a la imagen de Tempest había recuperado el control. No le quedaba más remedio que regresar junto a ella lo más pronto posible, volver junto a su familia, junto a su gente.
Julian lanzó un pequeño suspiro.
—Debes beber mi sangre, Darius; y entregarte a la tierra para curar tus heridas.
—Supongo que debo darte la razón.
—Decir eso ha debido costarte mucho ¿es que te estás muriendo? —preguntó Julian con una sonrisa afectada.
Una lenta sonrisa curvó los labios de Darius.
—¡Cierra la boca! —le dijo con voz cansada pero con los ojos iluminados por un atisbo de verdadero humor.

FUEGO OSCURO/CAPITULO 18


Dieciocho

Darius salió a la superficie dos días más tarde, completamente curado. Había recuperado totalmente las fuerzas gracias al sueño rejuvenecedor, a la poderosa sangre de uno de los antiguos y a la tierra fértil. Rápidamente conectó con su familia en busca de noticias; habló con todos ellos para asegurarse que estaban a salvo y de paso, les confirmó que estaba recuperado y que pronto despertaría a Tempest. Un hambre voraz lo atenazaba y sabía que, si todo había ido bien con su compañera, ella se encontraría en la misma situación. No tenía más remedio que salir de caza. Buscó una presa cerca de la cueva; se alimentó con avidez tomando lo suficiente para ambos. Cuando volvió a la cámara subterránea, preparó la estancia para el momento en que Tempest tomase conciencia de la situación; machacó unas hierbas para esparcir su aroma y encendió multitud de velas que sumieron la caverna en una acogedora semipenumbra con sombras danzando en las paredes. Hizo aparecer una cama cubierta de suaves sábanas a modo de bienvenida.
Darius descendió al lugar donde ella dormía y la acunó en sus brazos, flotando de este modo a la superficie y cerrando el profundo agujero de modo que no quedasen restos de lo que Tempest podía asociar con una tumba. Era hermosa aún durmiendo. Aún más hermosa de lo que recordaba. Su piel era tersa; su pelo, una espesa melena cobriza, le enmarcaba el rostro como hebras de seda. La llevó en brazos hasta el estanque de agua caliente y la despertó en el mismo momento en que entraba en él.
Inclinó la cabeza para poder capturar el primer aliento de vida que escapase de sus labios. Tenía el sabor de un ángel bañado en luz y bondad; pero también sabía a pasión y fuego. Pestañeó varias veces y por fin, alzó los párpados. Darius contempló aquellos intensos ojos verdes, en los cuales apareció una ligera burla. Aún se sorprendía por lo que ella le hacía a su corazón, derritiéndolo y oprimiéndoselo con una sola mirada. Sintió que su pecho se tensaba en exceso y el corazón comenzó a latir en rápida carrera ante el miedo a las posibles consecuencias de la valerosa decisión tomada por Tempest.
—Así que, gracias a Dios, lo de la locura no parece haberme afectado. No tengo ningún deseo irrefrenable de colgarme cabeza abajo como un murciélago, pero definitivamente tengo un hambre increíble. —La seductora cadencia de su voz acarició la piel de Darius de la misma forma que sus dedos. En su mente se mezclaban el miedo y el humor, comprobó él al sondearla; realmente, no era capaz de decidir cómo hacer frente a la situación.
—Es normal que tengas hambre, cielo —le aseguró él acariciándole los sedosos mechones cobrizos que caían sobre su cuello. El agua les lamía la piel y las burbujas estallaban en torno a ellos creando una sensación increíblemente placentera.
—Quizás si lo pienso, ésta sea la parte más repulsiva —dijo intentando analizarlo.
—¿Eso crees? —le preguntó inclinando la cabeza para buscar con los labios el pulso en su cuello y pasar la lengua en una caricia, percibiendo la repentina e impaciente expectación que creció en ella— .¿Qué sientes cuándo te beso así?
Darius le estaba robando el aliento y la cordura; devolvía la vida a su cuerpo, incendiándolo a la par con un intenso anhelo.
—Lo sabes —lo reprendió.
Darius le mordisqueó con suavidad el cuello y las entrañas de Tempest se tensaron con la anticipación, mientras la pasión crecía en su interior con una fuerza inesperada.
—¿Y si te hago esto, Tempest? —insistió él rozando con su aliento la sensible piel. Ella se arqueó para ofrecerle un mejor acceso en el instante en que sentía que su cuerpo estallaba en llamas ante el exquisito placer de su mordisco.
—Lo sabes, Darius.
Los labios de él buscaron los de Tempest, atrapándolos en un beso lánguido y lento que aumentó la necesidad de ambos. Ella fue incapaz de pensar con coherencia, en su mente no había espacio para otra cosa que no fuese Darius.
—Así es cómo yo me siento —le dijo él— cuando tu boca roza mi piel, cuando tus dientes me buscan y mi sangre se introduce en tus venas. Es hermoso y erótico; mi cuerpo lo desea, lo anhela al igual que el tuyo.
Las manos de Darius exploraron lentamente cada una de las curvas y recovecos del cuerpo de su compañera, limpiando cualquier posible resto de tierra. La sensación de esas manos deslizándose sobre su cuerpo desnudo, acunando sus pechos posesivamente, bajando por su vientre hasta llegar al vértice entre sus piernas y deslizarse entre sus rizos en busca de la humedad que él provocaba, hizo que su sangre se incendiara. El deseo que la arrasaba le resultaba totalmente nuevo. Darius introdujo un dedo muy despacio; otro le siguió, empujando y explorando la suavidad del cuerpo de Tempest, sintiéndola estremecerse de deseo por él. Ella se acercó aún más a su mano, buscando el alivio para aquel fuego arrollador que la consumía. Sus inhibiciones desaparecían una a una conforme las urgentes demandas de su cuerpo tomaban el control. Comenzó a acariciar la piel de Darius, los músculos del pecho, los definidos abdominales; bajó hasta poder tomar todo su miembro en la mano, pasando los dedos seductoramente a lo largo de él. Darius la alzó en brazos, saliendo a grandes zancadas del estanque para dejarla sobre la cama y cubrirla con su cuerpo. Tempest sonrió y le rodeó el cuello con los brazos, pasándole las manos por su espesa melena.
—Por fin una cama. ¿Crees que sabremos qué hacer en ella?
—Ya lo creo, nena. No creo que debas preocuparte por eso. Sé exactamente lo que tengo que hacer —susurró enterrando el rostro en el delicado cuello. La piel de Tempest era suave como el satén, como la seda. ¿Cómo era posible que pudiese ser tan delicada? Cada vez que la saboreaba, que paladeaba su dulce sabor a miel, su cuerpo se henchía aún más, su miembro se endurecía aumentando de tamaño hasta casi provocar sensaciones dolorosas. El deseo le inundaba, un deseo urgente, brutal; un hambre que sólo el cuerpo de su compañera podría saciar.
Ella se sentía atrapada bajo la intensa masculinidad de Darius, dominante y agresivo; la trémula respuesta de sus dedos cada vez que le acariciaba despertaba la fuerza animal en él. Tempest sonrió y le lamió el cuello deleitándose en la exquisita textura de su piel. Sentía cómo sus pechos rozaban los músculos de él; sensibles, hinchados y doloridos por la necesidad y el placer. Fue entonces cuando se percató del latido del corazón de Darius, del torrente de sangre que corría por sus venas con un flujo continuo. Sintió la llamada de su sangre y un hambre voraz la poseyó. Se tensó al instante y el miedo la hizo gritar. Luchó ciegamente para liberarse del pesado cuerpo de Darius. Él la atrapó por las muñecas y la estrechó entre sus brazos con facilidad.
—Ya, mi amor, tranquilízate. Tienes que aprender a controlar los sonidos que llegan a tu mente, adecuar el volumen. Sabes que puedes hacerlo; ya hace días que tu sentido del oído es más intenso, y has aprendido a manejarlo con facilidad —mientras él hablaba, Tempest negaba con la cabeza, agitándola a uno y otro lado en un intento de bloquear el sonido y apartar la llamada de la sangre que no hacía más que aumentar su hambre hasta que la sensación la invadió por entero. Darius la mantuvo firmemente sujeta, estaba muy tranquilo.
—Mírame, Tempest. Abre los ojos y mírame. Respira conmigo para relajarte. Podemos pasar por esto juntos. Confías en mí y sabes que es cierto. Mírame.
Intentando superar el miedo y el asco que en ese momento la atenazaban, Tempest abrió los ojos y, al instante, Darius atrapó su mirada, tranquilizándola como ninguna otra cosa podía hacerlo. Era cierto que confiaba en él, creía en él. Lo amaba sin reservas, por completo. Era su vida, pero aún así, el miedo persistía en su corazón. Inspiró profundamente varias veces sin dejar de mirarlo; él era el ancla donde aferrarse en mitad de toda aquella locura. ¿En qué se había convertido? Darius la miró con total confianza.
—Podemos hacerlo juntos, cielo. Tú y yo. Somos uno. Somos un mismo cuerpo, una misma alma, un mismo corazón y una misma mente —y diciendo esto volvió a deslizar la mano entre los muslos de Tempest, comprobando que estuviese preparada para recibirle. Presionó con su hinchado y palpitante miembro la ardiente entrada al cuerpo de Tempest de modo que ella pudiese sentir la cruda necesidad y la urgencia que sentía—. Esto es lo que somos, y esto sentiremos siempre, Tempest. Nuestros cuerpos ansían sentirse el uno al otro, se necesitan. ¿No sientes mi deseo, mi anhelo de poseerte? —le preguntó mientras se introducía en ella con exquisita lentitud, contemplando sus ojos, que se abrieron de par en par en respuesta a su invasión. Sintió que la humedad de su vagina lo rodeaba, que sus músculos se tensaban para acogerlo. La agonía era tan exquisita que su frente se cubrió de pequeñas gotas de sudor. Tempest gimió suavemente y movió las caderas por pura necesidad, pero Darius la atrapó para mantenerla quieta. Sentía su rígida verga, llenándola por completo; la forma en que Tempest lo rodeaba lo estaba llevando al borde del abismo, y a ella también.
—Une tu mente a la mía. Quiero que estemos juntos por completo —su voz era un susurro seductor, un hechizo de pura magia—. Estoy dentro de ti, Tempest, por entero —y dicho esto, se retiró para volver a penetrarla con una certera embestida, enterrándose en ella aún más si es que era posible.
Tempest intentó liberarse, pero él la mantuvo clavada bajo su cuerpo. Inclinó la cabeza hasta las atrayentes cimas de sus pechos, sonriendo cuando la sintió envolverlo con más fuerza. Lamió suavemente un pezón antes de introducírselo en la boca y saborear la exquisita delicadeza de su piel. Tempest gritó, arqueándose aún más hacia él en busca del contacto de sus labios y su boca succionando sus pezones. Darius comenzó a mecer sus caderas en un ritmo lento y deliberadamente pausado, destinado a enloquecerla. No podía moverse, cautiva bajo la fuerza de Darius y él se tomó su tiempo para excitarla hasta enardecerla por completo mientras exploraba lánguidamente su cuerpo. Sentía el ardiente aliento de Darius sobre sus pechos y la impresión desató algo salvaje en su interior.
—Por favor, Darius —se oyó suplicar a sí misma comprendiendo de inmediato lo que quería. Su cuerpo se alzaba con voluntad propia, ofreciendo sus pechos a la ávida boca de Darius—. Por favor, no me hagas esperar más —susurró agonizando de expectación y notó cómo el cuerpo de Darius respondía a sus exigencias, su miembro se tensó aún más y sus embestidas se hicieron más fuertes y profundas.
Comenzó a mordisquearla con suavidad y a pasar la lengua en ásperas caricias; y entonces Tempest gritó. Un calor candente la atravesó, la envolvió en el mismo instante en que los colmillos de Darius se clavaron y su boca empezó a succionar su pecho, alimentándose de la forma más erótica jamás imaginable. Tempest estalló en llamas repentinamente, todo a su alrededor pareció consumirse en el incendio que Darius estaba provocando. Aquello no podía detenerse, no quería que llegase a su fin; deseaba sostener la cabeza de él entre sus manos mientras la tomaba de esta forma durante toda la eternidad. Se entregó a la pasión, al fuego, al éxtasis. Las oleadas de placer hicieron que su cuerpo se convulsionara y se consumiera, llevándose también a Darius a su paso con la intensidad de las sensaciones. Él invadió entonces su mente con la misma fuerza que invadía su cuerpo.
—Así lo siento yo, Tempest. Ahora lo entiendes. Necesito que te alimentes de mí —susurró directamente a su mente, acariciándola con el mismo efecto que sus dedos ejercían en su entrepierna; dejando clara su evidente necesidad y levantando oleadas de fuego en Tempest. De nuevo pasó la lengua por el pecho para cerrar los pequeños orificios—. Hazlo por mí, amor. Dame lo que yo te he dado. —La hechizaba, la seducía abiertamente, tentándola como lo haría el mismo diablo.
La penetró de nuevo hasta el fondo, haciéndola caer en la abrasadora marea que les envolvía. El pecho de Darius estaba justo sobre la cabeza de Tempest, presionando sobre su boca. Ella lamió los músculos de ese poderoso pecho y sintió la descarga de placer que en ese momento atravesó a Darius, notó en su vagina cómo él palpitaba de deseo y anticipación. Volvió a lamer los músculos bajo los que latía el corazón. El hambre golpeaba sus entrañas consumiéndola. Necesitaba darle cualquier cosa que él quisiera.
Una de las grandes manos de Darius la aferró por las nalgas, elevándole las caderas para empujar frenéticamente dentro de ella mientras con la otra mano la sujetaba por la nuca apretándola contra su pecho.
—Dios, nena, me vas a matar. Hazlo por mí ahora. Nunca me he sentido así; por favor, nena. —La necesidad hizo que las palabras brotaran sin adornos; hablaba con los dientes apretados y el cuerpo totalmente tenso con la desesperación de convencerla.
En el instante en que los dientes de su compañera se hundieron en su carne, Darius echó la cabeza hacia atrás, impulsado por el puro éxtasis y lanzó un grito que inundó todas las estancias de la caverna subterránea. Tempest sentía la intensidad del placer que inundaba a Darius mientras su sangre fluía hacia su cuerpo, cálida y espesa, con la esencia de la vida y la pasión. Los movimientos de él eran cada vez más descontrolados, su erección era tan intensa que su miembro la llenaba por entero y la fricción que provocaban sus cuerpos en cada embestida —cada vez más salvajes— amenazaba con hacerles estallar.
Sintió que Tempest se convulsionaba, envolviendo su miembro con fiereza con cada espasmo que la sacudía; hasta que finalmente se derramó en su interior llenándola por completo —cuerpo y mente— con su vida. De nuevo gritó, temeroso de que pudieran acabar deshechos en pedazos a causa del placer.
—Yo te reclamo como mi compañera. Te pertenezco. Te ofrezco mi vida. Te doy mi protección, mi fidelidad, mi corazón, mi alma y mi cuerpo. Para compartirlo todo. Tu vida, tu felicidad y tu bienestar serán lo primero para mí. Eres mi compañera, unida a mí para toda la eternidad y siempre bajo mi cuidado.
Pronunció entre dientes cada una de las palabras, siguiendo el mismo ritmo de su corazón, asegurándose de no cometer ningún error, de modo que el ritual se completase. Su intención era que Tempest sintiera cómo cada palabra unía sus almas a la par que sus cuerpos, que lo sintiera en la mente, en corazón y en la piel. Por fin era suya y él tan sólo de ella. Jamás la abandonaría, jamás la dejaría marchar y jamás permitiría que le hiciesen daño.
La mantuvo abrazada, profundamente enterrado en ella, su miembro henchido y duro atrapado aún en el cuerpo de su compañera, mucho más húmeda ahora a causa de su semen. Tempest cerró las heridas que sus dientes habían abierto en el pecho de Darius. Estaba tan exhausta que apenas podía moverse. Él se movió para darse la vuelta y quedar tendido de espaldas con ella sobre su cuerpo sin salir de ella
—Gracias, Tempest. No te merezco. Gracias.
Tempest escuchaba los latidos de sus corazones, relajada sobre su cuerpo y unida estrechamente a su mente. Vio la implacable resolución de mantenerla a su lado, estudió los profundos lazos que se habían creado entre ellos y que jamás podrían romperse. Y entonces, estuvo segura de que tenían un futuro juntos. En la mente de Darius contempló que la pasión propia del ritual de acoplamiento aumentaba con el tiempo; no entendía muy bien cómo aquello era posible sin morir de un infarto, pero lo aceptó. También vio lo que había más allá del afán de posesión de Darius y de la arrolladora avidez que despertaba en él. La amaba. A ella. Tan profundamente, con tanta intensidad que ese amor moraba en todas y cada una de las células de su cuerpo. La amaba tanto como para entregar su vida por ella. La amaba sin reservas, incondicionalmente.
Saboreó aquel instante, disfrutando de la sensación de tenerlo bajo ella tan fuerte y real.
—¿Los demás están bien, Darius?
Él le acarició el pelo, apartándoselo con delicadeza de la cara antes de contestar.
—Por supuesto. Julian tiene un hermano gemelo, Aidan, que vive en San Francisco con su compañera, Alexandria. Julian ha ido a visitarlos y a presentarles a Desari —cuando acabó de hablar, buscó con los labios el seductor hueco que formaba su clavícula y pasó por allí los dientes con suavidad porque sintió la irrefrenable necesidad de hacerlo. La lengua se encargó de calmar cualquier dolor que los mordiscos pudiesen causar. Sin poder evitarlo, sonrió enterrando la cara en el cuello de su compañera—. Se han llevado a los leopardos; me gustaría ver las caras de todos ellos cuando lleguen a casa de Aidan. Tienen una familia humana que trabaja para ellos y además Alexandria tiene un hermano pequeño.
—¿Y Syndil? —Tempest notaba que su cuerpo comenzaba a reaccionar a los pequeños mordiscos que su compañero dejaba sobre su cuello. Los músculos de su vagina se contrajeron con pequeños estremecimientos de placer. Buscó con las manos las caderas Darius y acarició los definidos músculos. El roce hizo que él se excitara de nuevo, endureciéndose dentro de ella en respuesta a sus caricias.
—Barack y Syndil están juntos, intentando que su relación funcione. Ella parece mucho más feliz y más segura, a pesar de haber descubierto su verdadero carácter. Me ha enviado un cariñoso saludo para ti. Están camino de Europa; regresarán antes del próximo concierto, pero quieren conocer al Príncipe del que habla Julian y al resto de los miembros de nuestra Estirpe.
Inclinó la cabeza hacia el pecho de Darius, pasando los dedos por su piel, excitada ante la fantasía que acaba de captar en la mente de él. Miró atentamente su rostro y sintió cómo aquella abrasadora pasión despertaba de nuevo ante el roce de sus manos.
—¿Y Dayan y Cullen? —apenas si podía pensar. La mente de Darius chispeaba con todo tipo de posibilidades eróticas.
—La oscuridad crece en Dayan; todos los demás hemos encontrado a nuestras compañeras y él necesita tiempo para hacerse a la idea. —Tempest sintió en su propio cuerpo la preocupación que encerraban las palabras de Darius—. Todas las emociones presentes a su alrededor le resultan angustiosas. Él y Cullen Tucker se dirigen a Canadá. Se dedicarán a viajar durante un tiempo; Dayan se ocupará de la seguridad de Cullen, lo cual le ayudará a mantener la suya. Cuando el grupo retome la gira, regresarán —su aterciopelada voz tenía una inflexión ronca y brusca que Tempest no pudo ignorar. La anticipación le estaba jugando malas pasadas.
Buscó en la mente de Darius la imagen que en ese momento tenía de ella misma, y se vio tendida lánguidamente sobre él. Se incorporó muy lentamente, hasta quedar a horcajadas; lo cual hizo que volviese a sentir el miembro de Darius llenándola por completo. Abrió los ojos de par en par ante la sorpresa y echándose hacia atrás el cabello, comenzó a moverse sobre él muy lentamente, meciendo sus caderas para montarle con suavidad; la experiencia resultaba profundamente erótica. Una pequeña sonrisa satisfecha curvó sus labios.
Darius se incorporó para agarrarla por la cintura, acariciando mientras tanto la piel desnuda con los pulgares, incitándola aún más. Era tan hermosa… en aquel momento estaba preciosa: la melena cobriza desordenada sobre la cara, un mohín lascivo en sus labios y los enormes ojos verdes nublados por la pasión y el deseo. La imagen era fascinante. Su cuerpo era perfecto para él, pequeño pero bien proporcionado; el estrecho torso resaltaba aún más la cremosa turgencia de sus pechos. Aumentó la presión de sus manos y la movió un poco para poder penetrarla más profundamente; al instante los ojos de ella se oscurecieron de placer y Darius sonrió también.
—Ahora que te tengo donde siempre he querido tenerte —le dijo con ternura, mientras pasaba un dedo por el labio inferior de Tempest—, me gustaría recordarte que podías haber muerto a causa de tu sacrificio. Cualquier cosa podría haber ido mal.
Tempest reconoció el miedo que golpeó repentinamente a su compañero, la oleada de ira que le atravesó. Se introdujo deliberadamente el dedo de él en la boca y mientras lo succionaba, apretó los músculos de su vagina presionando también su miembro y aumentando la fricción que provocaban sus movimientos. Encontró muy satisfactorio el hecho de haber conseguido distraerle momentáneamente de su diatriba machista. Darius impulsó sus caderas hacia arriba buscando llegar hasta lo más profundo mientras acunaba los pechos de Tempest con las manos. Una mirada hambrienta se reflejaba en sus ojos, oscureciéndolos.
Ella le sonrió, tenía los pezones endurecidos mientras él los acariciaba con las palmas de las manos; cada pequeño movimiento de su cuerpo enardecía a Darius que, repentinamente, se incorporó pasándole los brazos por la cintura y succionando con avidez un pezón antes de volver a hacerse cargo de la situación.
—Vas a escuchar lo que tengo que decirte, cielo y me vas a obedecer. Jamás, escúchame bien, jamás volverás a ponerte en peligro. ¿Entendido? —gruñó las palabras como cualquier hombre de los Cárpatos haría bajo sus mismas circunstancias, sermoneando a una compañera traviesa.
Ella le deslizó los brazos alrededor del cuello, buscando con la lengua el punto de exquisita sensibilidad bajo la oreja; cuando lo encontró lo lamió trazando círculos con la punta de la lengua, avivando el fuego y la pasión, distrayéndole con la erótica caricia. Tempest se sentía juguetona, así que descendió con la lengua hasta la garganta, dejando un húmedo pero ardiente rastro a su paso mientras su cuerpo aferraba el miembro de Darius recreándose en la maravillosa sensación. Darius intentó mantener su disciplinada mente bajo control. Ella tendría que obedecerle; lo prometería. Pero la boca de su compañera jugueteaba en la comisura de sus labios y sus sedosas piernas se elevaron sin aviso previo enroscándose en su cintura de modo que lo sintió aún más dentro.
En ese momento, en lo único que podía pensar y que era realmente importante era estallar en llamas junto a ella, estallar en un millón de diminutos fragmentos y volver juntos de nuevo a la tierra envueltos en un intenso abrazo. La caverna se llenó de carcajadas, de suspiros y del olor y los sonidos de sus cuerpos al amarse. Cuando Darius pudo por fin sermonearla, habían pasado varias noches juntos y su discurso no tuvo tanto ímpetu como hubiese querido. Pero no importaba, puesto que sabía que su futuro estaba sellado. Tempest era suya para toda la eternidad, y siempre sería su Tempest: irracionalmente excitante, evitando sus órdenes, atormentándole con sus escapadas y siempre, siempre amándolo.

Aclaracion-Disclaimer

La Saga Serie Oscura, es propiedad de la talentosa Christine Feehan.
Este espacio esta creado con el único fin de hacer llegar los primeros capítulos de estas magnificas obras a todos ustedes que visitan el blog. Lamentablemente, en latinoamericano muchos de estos maravillosos ejemplares, no estan al alcance de todos.
Si tienes la posibilidad de conseguir estas historias en tu pais, apoya el trabajo de Christine y compra sus libros. Es la unica manera de que se continue con la publicacion de los mismos.
Gracias por su visita
Mary